Música

Resurrección

Por Teobaldos - Viernes, 27 de Enero de 2017 - Actualizado a las 06:08h.

Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo

Intérpretes: Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo, Orfeón Pamplonés (Igor Ijurra, dirección). Solistas: Eric Silberger, violín;Irina Churilova, soprano;Yulia Matochkina, mezzosoprano. Dirección: Valery Gergiev. Programa: Concierto para violín y orquesta nº 3de Mozart;Introducción y Tarantela de Sarasate. Programación: ciclo de Baluarte. Lugar: Sala Principal. Fecha: 24 de enero de 2017. Público: Lleno (52, 44, 34 euros). Incidencias: Además de la presidenta Barkos, asistió al concierto el embajador ruso.

El ímpetu estremecedor de la entrada de contrabajos del Mariinsky, arrancando el sonido a tiras, abre la Segunda Sinfonía de Mahler;el carnoso sonido de la cuerda de bajos del Orfeón, anunciando la Resurrección, la cierra. Entre esos dos basamentos fundamentales, profundos, que bombean el pulso de toda la obra, está el extraordinario desarrollo que Gergiev hace de la magna obra del compositor de Bohemia: sin duda, una de las mejores versiones -si no la mejor- escuchada en nuestra ciudad. El comienzo impactante del primer movimiento pone al espectador ante las cosas extraordinarias;a partir de ahí asistimos a la frondosa transparencia de la ejecución;porque están todos los contrastes posibles que se dan en música: de los fortísimosa los pianos más delicados, como los trémolos de la cuerda que se queda, expectante, tras la atronadora percusión, por ejemplo;de los rotundos y graves temas planteados, a la clarividencia de sus desarrollos. En el segundo movimiento, Gergiev lleva un tempo asentado, con rubato envolvente, delicado pero sin remilgos. Da voz a familias que no se suelen escuchar, como los violines segundos y las violas. También entra en lo extraordinario el diálogo entre chelos y violines primeros, dando a ambos la misma elocuencia. Y un pizzicato lleno de matices, para terminar. En el tercero, vuelve a salir a la superficie el pulso de contrabajos. Se va a un fuerte total muy espectacular, pero lo interesante es la solución -y disolución- de ese fortísimo hacia una calma expectante que prepara la sección siguiente. Y, como estamos en los hechos extraordinarios, surge una voz, la de la mezzosoprano Yulia Matochkina, de las que ya casi no se oyen: acogedoramente oscura, de dimensiones rusas en volumen, homogénea en graves y agudos, y con enorme intensidad, emoción y convicción. Su fraseo, lento, es impecable para lo que pone la partitura: “muy solemne, pero sencillo”. Es otro de los momentos sublimes -aunque lo fueron todos- de la elevación de la tierra al cielo -de Resurrección- que habitan la obra. Y que culmina en la exaltación final: el efecto lejanía con los metales fuera de escena esta muy logrado por el tempo lento, otorgando un sonido misterioso e inquietante de llamada;lucimiento de metales -trombón, trompeta-;y maderas -flautas-;riesgo del director al aguantar al máximo la llegada de la conclusión en fuerte, en el tema de la resurrección, provocando esa ansiedad que al oyente casi levanta del asiento;soberbia entrada del coro, escalofriante, y a tono, que es una entrada muy traicionera: a capella y con el chivato de la incorporación de la orquesta;buena dosificación de la progresiva elevación, y un matiz algo distinto en la parte coral: Gergiev es más radical en la medida, un poco más deprisa de lo habitual y un poco más cortado;pero, coherente, claro. Al final, todos ya estamos arriba.

Contra todo pronóstico, se programó, además, elConcierto nº 3de Mozart para violín y orquesta, y la Introducción y Tarantela de Sarasate, y hasta hubo propina de Paganini. Pero, con todo el perdón del mundo, ¿quién se acordaba de Paganini después de escuchar a Mahler? Pero no seamos injustos, porque el joven Eric Silberger dio un Sarasate fulgurante, preciso como pocos, con hondura suficiente en el arco largo de la introducción, un sonido francamente hermoso, y un virtuosismo valiente, incluso en el pizzicato, donde se oyó todo. Volumen sonoro y matiz romántico -con vibrato- imperaron en el concierto de Mozart;pero también transparencia y claridad. Un Mozart poco habitual hoy día, pero no menos válido.