Expectativas

Por Javier Otazu Ojer - Sábado, 18 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

¿qué es más importante, lo que tenemos o lo que esperamos que podemos tener? Sin nos dan a elegir, ¿qué sensaciones tenemos? ¿Estamos buscando mantenernos o deseamos mejorar?

De todo ello tratan de las expectativas. Y sí, las expectativas importan mucho. Son de varios tipos y tal y como demostró el Premio Nobel de Economía, Robert Lucas, influyen de una forma fundamental incluso en el progreso de un país. Por eso existen índices basados en expectativas, como por ejemplo el índice de confianza de los consumidores o de los empresarios. Un buen indicador implica, para los primeros, que las personas están más dispuestas a ir de viaje o a cenar en un restaurante antes que disfrutar tranquilamente de la vida hogareña. Es decir, más movimiento económico. Para los empresarios eso supone una mayor inversión futura. Sea como fuere, nuestras creencias acerca del futuro influyen en el mismo de forma decisiva. Ya lo decía un asesor norteamericano del presidente George Bush: “a nosotros no nos preocupa el futuro. Lo creamos”. Eso sí, no crearon el mejor futuro posible para la zona de Irak tal y como era su pretensión.

Hay muchos tipos de expectativas. Las más simples son las que tenemos cuando vamos al cine o leemos un libro. Si nos dicen que “La La Land está genial y va a arrasar en la entrega de los Oscar” vamos a ver la película pensando que va a ser una maravilla y puede que salgamos decepcionados. Por otro lado, si nos dicen que un libro es malo pero tenemos curiosidad por el autor puede ser que al final nos parezca una delicia. Sí, es difícil abstraernos pero es aconsejable: cuando tenemos una recomendación de ese estilo lo mejor es ir con la intención de disfrutar de la experiencia. Lo mismo ocurre cuando vamos a comer a algún restaurante o a conocer un determinado país.

Más importantes son las expectativas acerca de nuestra vida futura. Son fundamentales en nuestro ánimo y espíritu. ¿Qué perspectivas tenemos? ¿Qué rango de población lo tiene peor? Por primera vez se comenta que los jóvenes pueden vivir peor que sus padres. Tiene lógica: la tasa de desempleo es preocupante. Los datos son irrefutables, y las estadísticas de los jóvenes sin estudios son desoladoras. El papel fundamental del Estado es garantizar una buena convivencia entre todas las personas que viven en el mismo. En este contexto es primordial preparar, mediante la educación, a la población para afrontar la vida futura creando valor que repercuta en el conjunto de toda la sociedad. Pero eso es un asunto que merece un análisis aparte.

Pensemos en movimientos como los del 15-M. ¿Cuándo se generan? Se trata de una cuestión de expectativas: eran negativas. Pensemos en la corrupción. Se puede (no se debe) conllevar si el conjunto de la población tiene perspectivas positivas acerca de lo que les pueda venir. Pero en una situación como la actual ese no es el caso. Por esa razón es difícil aguantar tanto juicio.

Eso sí, merece la pena resaltar un aspecto curioso. Cada vez que aparece un nuevo caso de corrupción se tiene la sensación de que “ese es un asunto del pasado”, “que haya aflorado implica que los controles funcionan” y profundizando en esta argumentación, “es claro que ya no va a volver a pasar”. Sin embargo, no deja de surgir. Una y otra vez. Da que pensar acerca de la condición humana y de los incentivos que hacen que tantas personas caigan en el mismo saco. ¿Tan difícil es crear una estructura en la que sea humillante ser un corrupto?

Para comprender esta idea, pensemos en la educación y en el modelo anglosajón. En esos países los profesores se ausentan de los exámenes dejando a los alumnos solos. No copia nadie. ¿Cómo se explica? Muy fácil: si te cazan, has cometido un delito y posiblemente no puedan volver a estudiar en ninguna universidad. Por otro lado, los profesores indican en el currículum los congresos a los que han acudido sin justificante alguno. ¿Y si mienten? Su carrera académica ha terminado. Es una evidencia: las personas respondemos a incentivos.

Volviendo al 15-M, estos movimientos se han generado por la sensación de que existe una clase “privilegiada” (no formada únicamente por políticos) que se está aprovechando de la situación. Hoy observamos, con preocupación, cómo muchas de las personas que iban a cambiarlo todo tenían el mismo objetivo: ingresar en esa clase privilegiada. ¿Y eso es debido a que en política solo entra lo peor? No. Una vez más, es cuestión de incentivos. Unos hacen que salga siempre lo mejor del ser humano, otras que eso no ocurra.

Sea como fuere, las expectativas influyen en nuestra vida. Y sí, el Estado debe realizar políticas para mejorarlas. Pero también debe decir la verdad, para que así podamos crear, para nosotros mismos, nuestras mejores expectativas.

Feliz viaje hacia el futuro.

El autor es profesor de Economía de la UNED de Tudela