Ópera

Mozart, mejor sin charlestón

Por Teobaldos - Lunes, 20 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:08h.

Bastián y Bastiana: ópera singspiel en un acto de W.A. Mozart

Intérpretes: Emmanuel Faraldo, tenor. Ana Nebot, soprano. Gerardo Bullón, barítono. Orquesta BIOS Orkestra. Dirección artística: Pablo Ramos. Dirección musical: Ana Uriarte. Vestuario: Edurne Ibáñez. Escenografía: Koldo Tainta. Escenario: Raúl Arraiga. Producción: Opera de Cámara de Navarra. Lugar: Teatro Gayarre. Fecha: 17 de marzo de 2017. Público: algo más de media entrada (20 y 15 euros).

A telón abierto, el espectador se encuentra, al entrar al teatro, con un escenario espléndido: un lujoso balneario años veinte, cuya zona ajardinada -muy bien hecha- invade la platea. Suena el charlestón en una gramola, y los huéspedes van apareciendo, también con lujosos vestidos de lentejuelas y esmoquin. La orquesta no esta en el foso, sino que, a modo de orquestina de hotel, se coloca en un lateral del escenario: su acústica, al principio se hace un poco escondida, pero funcionará bien durante la velada, salvo en algún desajuste en los finales de las arias, por la propia colocación: los cantantes no ven a la directora. En este ambiente -más digno de Traviata o de las Bodas de Fígaro- va a desarrollarse Bastián y Bastiana, el singspiel mozartiano que no tiene mayor tensión dramática que la conversación a tres de los protagonistas;conversación cantada o hablada donde debe primar cierta ingenuidad, la claridad de la narración, y también cierta picardía;todo ello solventado con una buena dirección de los tres personajes, casi en la intimidad, sin estorbos y, sobre todo, sin querer mover esa sucesión de arias -la obra es así- con adherencias extrañas que no hacen más que desvirtuar los indudables logros del genio saldsburgués. Y es que, esta producción, sin duda costosa y que la vista agradece, a mi juicio, enterró, sin embargo, a la música.

Y fue una pena, porque las tres voces implicadas son excelentes: mozartianas de timbre y estilo, con volumen y cuerpo que llegan muy bien a todo el teatro, y que fueron desgranando sus arias con seguridad -aún sin la referencia de la directora, directamente- y soltura. Además los tres dan físicamente el personaje, lo cual es un tanto a favor para haberles sacado más partido de el de moverlos continuamente de aquí par allá. La soprano Ana Nebot tiene una voz clara pero no excesivamente blanca, lo que le da empaque. E. Faraldo, de timbre agudo, también encarna sin problemas su rol. Y el barítono G. Bullón es una voz francamente hermosa, importante: su Diggi-daggi fue de referencia. La dirección de Ana Uriarte salvó la concertación en un ambiente de dispersión;quizás en las arias tenidas hubiéramos querido un poco más de reposo.

La dirección artística de Pablo Ramos me puso nervioso. Probablemente es cosa mía, que, aunque me gusta que se cambie el ambiente de las óperas, o que se introduzca ballet -en pocas ocasiones-, nunca se debe estorbar a la música. Y aquí, el ir y venir de los abundantes figurantes, y el tratar de bailar al estilo charlestón las arias -con un camarero saltando sin ton ni son- me sacó de quicio. Lo siento. Porque esta misma compañía ha hecho cosas maravillosas. Pero, esta ópera hay que creérsela como es, y sacarle su propio jugo;para más complejidad están las Da Ponte.

Con la última nota de la partitura aún sonando, un gramófono reproduce un charlestón: aquí si que los figurantes se marcan un brillante baile;pero Mozart ya estaba lejos.