El oasis pamplonés

Por Víctor Goñi - Domingo, 16 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

con las lavadoras aún echando humo de tanto frenético blanqueado, y ya en desmontaje las barracas tras el todo a mitad de precio como metáfora del final de fiesta, la vieja Iruña aminora sus pulsaciones muy por debajo de su ritmo cotidiano salvo en julio. Un sosiego delicioso para la observación minuciosa de los rincones de la ciudad frecuentados de forma habitual pero con la mente en sus cosas, sobremanera para transitar en bicicleta por lugares inhóspitos en fechas rutinarias o para simplemente mirar al vacío hasta donde la vista alcance. La paradoja reside en que uno puede sentirse morador privilegiado de Pamplona ante la quietud circundante mientras una legión de convecinos se agolpan en sus dominios de Salou o Cambrils, topándose a cada paso entre sí para refrendar esa chanza que dice que en aquellos lares se nos reconoce por el moreno del sobaco, de tanto saludarnos entre nosotros. Saludos, por cierto. Y tardad en volver.