Y tiro porque me toca

Cuando hace la calor

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 16 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

me gustaría saber qué es lo que hay detrás de que un trabajador esté en el tajo con peligro evidente y fallezca, aunque creo que es fácil de adivinar. Trabajar a más de 40 grados, con materiales que alcanzan los 170ºC, como el asfaltador fallecido hace unos días, no es ninguna broma ni un hecho puntual, me temo, y debería invitar a reflexionar sobre las condiciones reales de los trabajos llamados “duros”. Pero hace demasiado calor para reflexionar acerca de nada. La vida sigue, se dice para pasar cuanto antes esa página que oculta la anterior, y el calor es cosa del verano.

«¡Y aún dicen que el pescado es caro!» … pero esos asfaltadores de la canícula no tienen un Sorolla que los pinte, como pintó este a los pescadores, que también fallecen o desaparecen en el mar. A falta de Sorollas, buena es la Ley de Seguridad Laboral… y una prensa que, casi a diario, en sus rincones veraniegos, informa con más o menos desgana del fallecimiento de trabajadores, en unas circunstancias o en otras, en un goteo incesante. De las inspecciones de Hacienda se habla bastante, de las de Trabajo mucho menos y los logros de estas me parecen tan importantes o más que aquellas. No importa, mañana más, necrológicas que pasan sin pena ni gloria, de gente por lo visto prescindible, uno más, uno cualquiera. Unos trabajadores mueren en accidentes laborales que no cesan y a otros los abusan de tal modo que los hacen trabajar sin salario incluso, en condiciones de explotación descarada y socialmente aceptada por hastío, indiferencia, incapacidad de la mínima empatía, no lo sé.

Zonas negras más que grises las que el calor veraniego desvela, al margen del asombro de los termómetros que son sin duda noticia más jugosa: tajos peligrosos, residencias de ancianos, soledades irremediables, falta de recursos… Sensiblerías, ¿no? y apocalipsis veraniegos. Qué haríamos sin ellos. Entre la queja y alarde competitivo. Lo que cuenta son los récords, poco quienes los padecen de manera grave, a no ser que den en espectáculo de catástrofe. Abanicos, botijos, resacones festivos… sandeces. Hay cambio climático, de verdad amenazador, pero también hay un cambio en las relaciones laborales que avanza de manera imparable hacia condiciones opacas y regresivas de neoesclavitud, y que no suscitan el eco que debieran. Los abusos laborales son la norma, la ley del contrato. Mejor eso que nada, allá cada cual y que Dios reparta suerte. Pero esto último es tremendismo populista y por tanto nada a tener en cuenta. La economía, las finanzas van por otro lado, cuantos menos recursos y derechos tengan los trabajadores, mejor. Siempre tiene que haber unos abajo para que otros estén arriba, se oye decir con desparpajo. La lucha de clases pasó a mejor vida, lo enseñaban los profesores de historia en sus universidades privadas. El sindicalismo de verdad combativo también desapareció o evolucionó hacia lo factible y ahora es una pieza medio de adorno del sistema para que no se diga que esto es la dictadura del capital y solo eso. Aleccionados, adoctrinados, cada vez más. Para el que está a salvo y a cubierto los desastres ajenos nunca son para tanto, sobre todo cuando no los ve ni de lejos porque no se asoma, porque de hacerlo el espectáculo se estropea de manera notable. Demagogia, claro, todo lo es. Aquí lo que cuenta son las refrescantes andanzas del jovencito Marichalar y otros de su misma especie, que dan sabor al calor del verano, ese en el que se disuelve el fenomenal pufo económico que ha venido perpetrando el gobierno, algo que requiere o un milagro, o muchos asfaltadores;una auténtica inclemencia del tiempo que se nos viene encima escondida en la calorina, y que, más que como un castillo de fuegos artificiales, nos puede estallar como un barril de pólvora en el que estamos sentados, a la fresca y a verlas venir, indiferentes, ahítos, doblados por tanta inclemencia, a la espera del próximo milagro: 240.000 millones de euros de pufo nada menos. Es tanto que no es nada.