Con la venia

Miserias y miserables

Por Pablo Muñoz - Domingo, 16 de Julio de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

Todavía suele ser preceptivo hacer profesión de fe de condena, rechazo y profunda repugnancia ante un crimen de ETA. Es una especie de requisito que debe cumplimentarse, sobre todo cuando la reflexión que vaya a hacerse presenta alguna arista, algún leve desmarque del veredicto general. Quede claro, pues, que para quien esto firma el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, recordado y conmemorado en su vigésimo aniversario durante toda esta semana, fue un acto execrable fruto de la barbarie enloquecida de una ETA en caída libre.

Despejada, por tanto, cualquier duda sobre mi posicionamiento ante aquella barbaridad, en los homenajes dedicados al concejal asesinado se ha podido constatar que el partido al que perteneció sigue empeñado en rentabilizar políticamente aquel crimen. Se atribuye al asesor político-electoral de cámara del PP, Pedro Arriola, aquella sugerencia tras la conmoción producida por el asesinato de Blanco: “Ya que nos matan, tendremos que aprovecharlo políticamente”. Un ejemplo impagable del cinismo político, de la hipocresía descarnada, subido el PP a la ola que había levantado José María Aznar advirtiendo que su partido se aprovecharía del terrorismo para fines electorales.

Según esta premisa habría que contextualizar el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, que no fue el primer ciudadano vasco sentenciado por ETA en idénticas circunstancias. José María Ryan, ingeniero de la central nuclear de Lemoiz, los empresarios Ángel Berazadi y Javier Ibarra, así como el capitán de farmacia Alberto Martín Barrios -de los que recuerdo-, pasaron por el trágico trance de secuestro previo, exigencia de chantaje y muerte alevosa. Al crimen del concejal de Ermua le hicieron excepcional circunstancias tales como el hartazgo ya expresado por parte de la sociedad vasca, el lazo azul, las concentraciones de Gesto, la deriva devastadora de la socialización del sufrimiento que dejó en la absoluta soledad a aquella izquierda abertzale ya para entonces socialmente aislada.

El asesinato de Miguel Ángel Blanco, miserable hazaña de ETA, abrió la puerta a otras miserias no previstas que fundamentalmente consistieron en patrimonializar el dolor ajeno para rentabilizarlo electoralmente. La maquinaria del PP se puso en marcha bajo la batuta del ministro de Interior, Jaime Mayor Oreja, con la colaboración entusiasta de la práctica totalidad de los medios de comunicación españoles, algunos de ellos demasiado fanatizados. El PP hizo de Blanco su muerto, y capitalizó aquella especie de rebelión cívica que muy pronto fraguó en el gran embuste del Espíritu de Ermua y dio pie a la proliferación en cascada de colectivos como Manos Blancas, Basta Ya y el propio Foro de Ermua, que nutridos con compañeros de viaje de probada progresía no fueron otra cosa que meros apéndices de la política del Partido Popular. Para todas estas asociaciones y colectivos hubo dinero público a espuertas, y fueron intocables mientras duraron porque se comportaron como fieles peones de la estrategia del PP, que era el poder.

Mientras Mayor Oreja proclamaba el disparate de que “las víctimas siempre tienen razón”, el miserable aprovechamiento del asesinato del concejal se desparramaba en manifestaciones y proclamas. He rescatado algunas notas tomadas durante una manifestación contra ETA a la que asistí por aquellos días de tristeza y de ira: “No son vascos, son asesinos”, “ETA aquí tienes mi nuca”, “HB lo tienes que pagar”, “Hay que matarlos;son asesinos”, “Sin pistolas no sois nada” o “Todos somos Miguel Ángel” era la banda sonora de aquel desfile. Muy pronto, en el concierto homenaje a Blanco en la madrileña plaza de las Ventas, se les vio el plumero con aquella miserable pitada que hizo callar al cantautor Raimon cuando interpretaba en valenciano su homenaje al concejal asesinado.

El PP sacó su miserable beneficio de la indignación provocada por la acción miserable de ETA. Y le cundió. Y le llevó a patrimonializar el dolor ajeno, a arrinconar a un PSOE sin más opción que recoger las migajas que el PP le iba dejando de su monopolio del dolor de las víctimas, a demonizar al conjunto del nacionalismo vasco como corresponsable del terrorismo. El consejo de Pedro Arriola llevó a la gloria al PP, que acabaría gobernando por mayoría absoluta. Más tarde vino la marea de corrupción, otra miseria en la que chapotearon y chapotean buena parte de sus dirigentes.

Después de veinte años, esta semana el PP ha intentado hacer de aquellos funestos días de Ermua una foto fija. Ha vuelto a rendir homenaje a su muerto, y lo ha hecho a su estilo, avasallando a todos los que no han acatado su propio método de conmemoración, imponiendo textos, actos y presencias, desacreditando a diestro y siniestro al menor desmarque. No han homenajeado al concejal asesinado, sino al Espíritu de Ermua, a aquel ambiente socio-político-electoral que le propiciaba la rentabilidad del atentado y que con tanta maestría como vasallaje administraron -y administran- sus apéndices mediáticos.