Con Brujas o en Venecia

Por Ilia Galán - Sábado, 12 de Agosto de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

la joven perdida por su extraordinaria belleza la hallamos en Venecia y es gran ejemplo para el resto del planeta, que crece incesante en número de habitantes y de viajeros. Los viajeros que aprenden con el viaje exterior, como una forma del interior, son pocos. Los turistas masivos, muchos. Pasarlo bien buscan, gustar de maravillas del arte o de la naturaleza, aprender un poquito, y sus muchas huellas pisotean la historia o las últimas briznas de hierba de aquel lugar que un día fuera tan bonito.

La noticia de cómo algunas ciudades reaccionan ante el exceso de turismo no es nueva. Así han comenzado a buscar algunas maneras Ámsterdam, Brujas o Venecia, vendidas a los de fuera. El otro día, paseando la mágica Venecia en barquita, daba penita ver las filas de espera a la entrada de tantos lugares. La fabulosa catedral de San Marcos, para aguantar la presión de curiosos y visitantes, ha de pagar a guardias que custodien el templo, como cada vez más sucede en muchos espacios sacros. Por cada veneciano, hay cuatrocientos visitantes y es fácil entender que no se puede vivir tranquilo con tantísimos invitados. Esos veinte millones que patean sus calles y plazas han desgastado el pavimento bizantino en algunos lugares y se busca poner límites a las hordas humanas que asaltan la belleza con sus cámaras fotográficas llenas de sonrisas de plástico.

Empiezan a dar privilegios a los residentes al tomar los barcos y otros servicios, pues los invitados los colapsan. Ámsterdam limita, para evitar las invasiones, los alojamientos turísticos. Otra opción fácil está en subir los precios y aumentar las exigencias de calidad, pero eso afecta, claro está, a la mayoría que no llega a esos niveles económicos y crece la injusticia social, pues entrega todo a quienes manejan las riquezas más grandes. Quienes estudian o aprender quieren las artes tendrían que tener el acceso más fácil, pero poderoso y miserable caballero es don dinero. Caballo, a veces, que propina coces pues todo lo cambia el brillo de sus monedas que tantos entendimientos ciega. Por eso se defienden los ciudadanos menos acomodados;en sus ayuntamientos límites poner quieren. Esas tierras bendecidas con la hermosura creada por sus antepasados aumentan monstruosamente los precios de las viviendas que pasan de manos de los lugareños a los foráneos. Hay urbes que han dejado de serlo mutándose en museos gigantescos, como Brujas o Florencia y así empezaron a tomar medidas para que los habitantes puedan seguir existiendo y no sólo los visitantes. Mientras, otros muchos lugares se esfuerzan por atraerlos, compitiendo en el oficio de vaciar los bolsillos ajenos para el beneficio propio.