Vuelta al redil demócrata

La vuelta a la rutina habitual ha traído consigo nuevas sorpresas de las muchas que Donald Trump acostumbra a dar. El presidente da un golpe de timón y dirige la Casa Blanca en dirección contraria a los resultados electorales.

Diana Negre. Washington - Domingo, 10 de Septiembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

La primera semana de septiembre marca el regreso a las escuelas y a la rutina laboral, pero esta vez el retorno ha tenido poco de rutinario, tanto por fenómenos naturales como por la situación política y militar. El retorno empezó sumido en agua y fuego, con dos fuertes huracanes en el sureste del país y 80 devastadores incendios en el oeste, que han costado vidas y haciendas. Ni el presidente Trump ni los congresistas que volvieron a sus escaños pudieron dedicar toda su atención a las zonas afectadas, porque Washington se enfrenta también a la amenaza nuclear que podría representar Corea el Norte con sus pruebas atómicas y, por añadidura, todo esto ocurre en medio de una nueva sorpresa de las muchas que el presidente Trump acostumbra a dar. Esta vez, ha agradado a la oposición demócrata tanto como ha disgustado a los republicanos.

Aún no habían retrocedido las inundaciones causadas por el huracán Harvey en Texas, cuando la autoridades de la Florida han de ordenar evacuaciones masivas ante el riesgo del huracán Irma, el más violento jamás registrado en esa zona, lo que planteaba a Washington la necesidad urgente de enviar ayudas económicas para los damnificados.

De eso se ocuparon los primeros debates de los legisladores. Normalmente se trata de procedimientos rutinarios y la decisión es sabida de antemano, pues ni el presidente ni el Congreso niegan la ayuda a las víctimas, pero esta vez los debates adquirieron un relieve especial, porque coinciden con decisiones presupuestarias urgentes que han llevado al presidente Trump a dar un golpe de timón que parece dirigir ahora a la Casa Blanca en dirección contraria a los resultados electorales.

La deuda pública, al límiteEs así porque Estados Unidos ha llegado de nuevo al límite de la deuda pública autorizada por el Congreso, que debe aprobar un incremento si no quiere dejar paralizadas las funciones de gobierno. Este es un ritual que se repite regularmente y ahora que los republicanos tienen mayoría en las dos Cámaras hay sectores dentro del partido que se oponen a estos incrementos. Son los mismos que bloquearon este verano la reforma de la ley de seguro médico, a pesar de que el Partido Republicano llevaba siete años prometiendo anular las reformas conocidas como Obamacare. Entonces, como ahora, les importaba más la pureza de sus principios que los resultados prácticos de gobierno, o el hecho de que la parálisis que imponen representa un serio riesgo para que el partido pueda mantener las mayorías.

Trump aprendió la lección y no está dispuesto a permitirse un nuevo fracaso, de forma que prefirió conseguir un acuerdo aunque sea a costa de la disciplina o la fidelidad al partido en que milita, de forma que simplemente pactó con los demócratas: Ante la sorpresa evidente de los republicanos, Trump negoció el acuerdo para aumentar el límite de la deuda pública norteamericana con Nancy Pelosi, líder de la minoría demócrata en la Cámara de Representantes, y con su homólogo en el Senado, Charles Schummer, de forma que obtuvo una gran mayoría para una ley que al mismo tiempo da 15.000 millones de dólares a las víctimas de los dos huracanes y financia las operaciones del gobierno hasta el mes de diciembre.

Lo interesante aquí es que todos los demócratas votaron a favor y los únicos votos contrarios eran de 17 republicanos puristas que se oponían… a las propuestas del presidente de su partido. Es decir, sin esta maniobra de acercamiento a los demócratas, la ley podría haber fracasado pues es muy probable que los mismos demócratas que le dieron apoyo, la hubiesen rechazado sin la bendición de sus líderes.

Han de pasar algunos días para que los partidarios acérrimos de Trump, que ni remotamente tienen nada en común con los demócratas, digieran este cambio de alianzas, pero es probable que también revisen su análisis triunfal con que recogieron, tan solo dos días antes, la decisión de Trump de eliminar la normativa DACA que protege a los indocumentados que llegaron como niños a EEUU.

Seria revisión en inmigraciónPorque la promesa electoral de Trump de poner coto a la inmigración, no solo construyendo una muralla a lo largo de la frontera mejicana, sino también expulsando a quienes ya están en el país, va camino de una seria revisión: DACA es válida por seis meses más, de forma que el Congreso tendría tiempo de convertir una orden presidencial en ley. La oposición de los puristas republicanos sería insuficiente ante el apoyo de muchos otros correligionarios, además de casi todos los demócratas.

Más aún, Trump ha hecho saber que si el Congreso no es capaz de resolver la situación de los 800.000 beneficiarios de DACA, él mismo se volverá a plantear la situación para impedir que los deporten. Es algo comprensible económicamente, porque después de los dos huracanes, un país sin paro como Estados Unidos no tiene forma de reconstruir sin mano de obra importada, esté o no legalmente en el país.

Seguro que muchos de los seguidores de Trump se sienten defraudados, pero en realidad no habrían de sorprenderse: Trump proviene de Nueva York, una ciudad dominada por los demócratas, ha dado dinero toda su vida a las causas del Partido Demócrata y tan solo fue candidato republicano porque utilizó al partido como vehículo para sus ambiciones personales. Y que nadie le diga que ha cambiado de chaqueta: lo suyo es “el arte de negociar” y conseguir lo que busca. No es que haya cambiado de partido, es que su partido, en realidad, es Donald Trump.