Cambio climático e independencia catalana

Por Alberto Navajas León - Miércoles, 11 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:09h.

La radiación solar llega a la tierra con longitudes de onda del visible y es reflejada en la longitud del infrarrojo;parte de esa radiación se pierde en el espacio, mientras que la otra parte es absorbida por las moléculas de los gases efecto invernadero, tales como dióxido de carbono, metano y óxido de nitrógeno. Así, estos gases, en unas concentraciones adecuadas, son necesarios para la vida, pues con esa proporción de radiación infrarroja que devuelven a la tierra, la mantienen a una temperatura media de unos 15 grados centígrados aproximadamente. Esta temperatura ha hecho posible el desarrollo de la vida tal y como la entendemos durante miles de años. Existe, por tanto, una clara relación, científicamente demostrable, entre la concentración de dióxido de carbono y la temperatura media terrestre. Si la concentración de estos gases fuera más baja, o no existieran, la tierra estaría congelada y la vida sería imposible. Por el contrario, si la concentración de estos gases aumenta, la proporción de radiación infrarroja devuelta crece y con ella la temperatura media terrestre.

Esto es lo que ha venido ocurriendo principalmente desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el consumo de combustibles fósiles se ha generalizado. El producto principal de la combustión de petróleo, carbón y gas natural es el dióxido de carbono, y las concentraciones de este gas en las capas altas de la atmosfera han crecido exponencialmente desde entonces. Es por ello que la comunidad científica puede afirmar sin miedo a equivocarse que el hombre es el causante del aumento de estas concentraciones y del cambio climático en el que actualmente nos encontramos inmersos.

La página web de la NASA mantiene información actualizada (https://climate.nasa.gov/) sobre la concentración actual de dióxido de carbono en la atmósfera, situándola en 407 partes por millón, es decir, el nivel más alto nunca conocido desde que se tiene registros de composiciones atmosféricas (se puede conocer la composición de atmósferas primitivas gracias a las burbujas de aire congeladas en los hielos de la Antártida). El razonamiento es claro: si las concentraciones de dióxido de carbono determinan la temperatura media de la tierra, y si estas concentraciones se encuentran en niveles nunca antes registrados…

Los efectos del cambio climático debido al calentamiento global ya se están dejando notar. En los últimos años, España, por otro lado una de las zonas más vulnerables de Europa debido a su cercanía a África, ha tenido una serie de veranos tórridos en los que cada año se han marcado nuevos récords de temperaturas máximas. Cada otoño, los tornados que se forman en el golfo de Méjico tiene efectos más devastadores debido a las altas temperaturas oceánicas que se alcanzan en verano. En Pakistán se han alcanzado temperaturas nunca antes registradas y en Suramérica y África las altas temperaturas y las sequías causan estragos. Es decir, las estampas de ciencia ficción que los científicos nos dibujaban hace unos diez años, se están cumpliendo.

Una de las características del cambio climático es que, en mayor o menor medida, nos va a afectar a todos los habitantes de la tierra. Es cierto que también en las emisiones de gases efecto invernadero y en sus consecuencias existen desigualdades. Los ciudadanos del primer mundo somos los que más emitimos y los que menos vamos a sufrir sus efectos, mientras que los ciudadanos del tercer mundo son lo que menos emiten y los más vulnerables. Pero nadie puede negar, ni siquiera Trump, que en mayor o menor medida todos vamos a sufrir sus efectos, y que todos somos responsables.

Por tanto, el cambio climático es un problema global, quizás el primero al que se enfrenta la humanidad en su conjunto, y que requiere de nosotros soluciones globales. Por contra, en España, nuestros políticos se dedican a recuperar un concepto tan raído y carente de capacidad para solucionar problemas globales, como es el de nacionalismo. En lugar de unirse y trabajar por el bien de la sociedad global, se enfrentan y dividen en facciones cada vez más enconadas. Dice un historiador que el antisemitismo de una sociedad depende de las circunstancias. Se puede decir lo mismo de los nacionalismos: cuando en situaciones de crisis es necesario desviar la atención del pueblo, vuelven a surgir.

Escribo este artículo bajo el influjo de sentimientos que gran parte de la sociedad comparte: rabia, hartazgo e indignación. Estamos hartos de Puigdemonts, Rajoys, Riberas e Iglesias, estamos hartos de artículos 155 y de DUIs, de manifestaciones y de banderas que separan más que unen. Queremos que no nos tomen por tontos y queremos soluciones para los grandes problemas. A la mayoría de nosotros nos da igual la bandera que nos represente. Tan solo queremos políticos y medios que se dejen de debates que distraen y que se unan por dejar un mundo mejor para nuestros descendientes. Queremos que se tomen medidas para frenar el ascenso de las temperaturas. Y lo queremos para ya. Si no, podría ser demasiado tarde.

El autor es profesor contratado doctor en el departamento de Química Aplicada de la UPNA