Cinco hombres y casi un destino

El complejo y complicado devenir político de Catalunya y del Estado español se encuentra en manos de cinco líderes políticos. Su acción o su inacción determinará en los próximos días el futuro de catalanes y españoles.
Un análisis de Jesús Barcos

Jueves, 12 de Octubre de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

en medio de un torrente informativo, la cuestión catalana también se puede analizar observando los movimientos y el estado de forma de cinco nombres propios. Cinco liderazgos diametralmente distintos, y no solo por razones ideológicas. El de Puigdemont, reciente y teóricamente coyuntural, que pareciera que lleva muchos años de president. El de Rajoy, que las ha visto de todos los colores. El de Pedro Sánchez, renacido pero aún inestable. Y el de los outsiders, Iglesias y Rivera, que comienzan a acusar las dificultades del rápido paso del tiempo. Repasemos:

Carles Puigdemont. El del martes fue un discurso inteligente del president de la Generalitat, periodista de formación. “Desescalar la tensión”, “voluntad de diálogo y acuerdo político” o Catalunya como asunto europeo;tres de sus ideas claves. El viraje en busca de la mediación ha condicionado la reacción del Estado en dirección a una estrategia inversa. Puigdemont combinó su “asumo el mandato del pueblo de que Catalunya se convierta en un estado independiente” con un “proponemos que el Parlamento suspenda los efectos de la declaración de independencia” en una sesión donde no se votaba. Según la RAE, suspender es, en la acepción que nos ocupa, “detener o diferir por algún tiempo una acción u obra”.

Con buena parte de las miradas concentradas en ese pasaje del discurso, quizás no se ha prestado la atención a suficiente a otro momento significativo. “Somos gente normal que pide poder votar”, dijo en castellano Puigdemont. “No tenemos nada contra España y los españoles. Al contrario. Nos queremos reentender mejor, y ese es el deseo mayoritario que existe en Catalunya. Ya en su discurso de la semana pasada en respuesta al del rey, Puigdemont afirmó que Catalunya “quiere continuar contribuyendo al desarrollo del Estado español”. Estrategia fina o mensaje entre líneas, el hecho es que el Govern decidió aguardar. Es cierto que bajo la condición de una negociación arbitrada. Pero ni el tripartidismo (PP+PSOE+CS) ni el rey van a aceptar una mediación en la que su concepto de nación española tiene más que ceder que pasando el rodillo.

Por cierto, de los cinco nombres de este artículo, el único sobre el que pende un riesgo de prisión en los próximos días o semanas es el Carles Puigdemont. Coyuntura extrema que a veces se olvida o se manipula, con la miopía de la distancia. Moncloa sigue queriendo caricaturizar al president como un hombre aislado. Ya lo intentó con Mas.

Mariano Rajoy.“Es absolutamente irrelevante que sea una declaración de independencia con condición suspensiva” había dicho Rajoy el domingo pasado. “No necesitamos mediadores”. “No se puede negociar”. El guión estaba escrito, pero también ha habido que retocarlo. La estrategia de reclamar al president claridad sobre si ha habido una declaración de independencia sería inteligente si no fuese una coartada para activar el 155. Porque el Gobierno pretende que la Generalitat renuncie a la autodeterminación, y reforzar la hegemonía del Estado. Que Rajoy afirmara ayer en el Congreso que la reacción del Estado el 1 de octubre fue proporcional y agradeciera el papel que tuvo la Policía y Guardia Civil “en nombre de todos los españoles”, le inhabilita como un hombre moderado, por mucho que sea más de encogerse de hombros que de militar en la prepotencia. Para eso último ya tiene a Albiol en Barcelona, o a Hernando y Casado en Madrid. Un Casado partidario de ilegalizar a las formaciones independentistas. Vino picado en odres nuevos.

Pedro Sánchez. La noche del 10 fue buena para el bipartidismo. De hecho no sería descartable que el Govern de la Generalitat acabe averiado sin el apoyo de la CUP. Que Moncloa se quede sin la cobertura del PSOE pinta mucho más difícil. Entre su fragilidad interna, y su cálculo electoral, Sánchez administra sus comparecencias y sus palabras. No hay mimetismo absoluto con el PP, pero sí amplísimas coincidencias generales. Entre lo que dijo Ábalos la noche del martes, el propio Sánchez al mediodía de ayer y Margarita Robles en la sesión vespertina del Congreso, tenemos un partido que se mostró decepcionado con el discurso de Puigdemont, presentó una vía incierta hacia una reforma constitucional (acuerdo con Rajoy anunciado en solitario por Sánchez) y cantó las excelencias del diálogo sin mediación. Una reforma pilotada que iría por el mismo camino de ilegalizar la autodeterminación.

Pablo Iglesias.Hay que reconocer su valentía, aunque llegue probablemente tarde. Ayer estuvo comedido y firme a la vez en la tribuna del Congreso. Su papel como principal contrapeso a la inercia enrocada del Estado es clave pero delicado. Entre las consecuencias previsibles del operativo policial el 1 de octubre estaba dejar a Podemos fuera del juego, y volverle a estigmatizar como antisistema. Ayer Soraya Sáenz de Santamaría acusó a de “afán corrosivo” a la formación morada. Ese PP, marca de la casa.

Albert Rivera. Impaciente por ver cómo el 155 se aplica en su tierra, a Rivera le pierden las ganas. El líder de Ciudadanos, locuaz como de costumbre, va perdiendo trocitos de centro en cada intervención. Al mismo tiempo que PP y PSOE construyen complicidades, desplazan a la formación naranja, a la que le queda el recurso del nacionalismo español, donde Rivera es un consumado especialista.