El negociado curato

Por Julio Urdin Elizaga - Martes, 14 de Noviembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

Hace de esto ya unos años, que con motivo de la publicación de un texto en el programa de fiestas de la Hermandad 1989, entresacara del intercambio epistolar mantenido por el que fuera notario de la Villa en 1797, José Javier Aquerreta, una expresión euskérica, en petición de un amigo, Juan M. Zubiría, para su intermediación ante el abad de Erro a favor de un sobrino del último en la obtención de la vicaría del concejo de Cilveti. Exactamente dice así: “...y por tanto quedo gustoso, porque cuento con la pieza eclesiástica, y que rogará a Dios por estos amigos adisquides zarras”.

Esta anécdota viene a cuento del hecho no suficientemente ponderado de la relevancia que en aquella época, aún perteneciente al Antiguo Régimen, suponía disponer de dicho cargo eclesiástico en su doble perfil de oficio y jurisdicción de cura de almas. Unos años antes, 1753, el Libro del obispado de Pamplona recogía la circunstancia del nombramiento de dicha pieza como un beneficio dependiente del abad de Erro. Contrariamente a lo que sucedía en Uharte, donde dicha provisión en ambas iglesias tocaba en todos los meses a la villa desde tiempo inmemorial, especificando en la primera de ellas, la de San Juan, ser en patrimonial. Y si el abad de Erro contaba con la potestad sobre el nombramiento del vicario de Cilveti, los vecinos del valle, también como los de Uharte, desde tiempo inmemorial nombraban al abad de Erro.

Cuestión que con anterioridad fuera motivo de queja, tal y como se puede apreciar en el informe elaborado por el obispo Diego de Tejada y Laguardia ante su Santidad, expedido el 15 de septiembre de 1663: “Todos los beneficios, así curados como simples, son de patronato de legos y eclesiásticos, y la mayor parte de aquellos son a presentación de los vecinos de los lugares...”. Trátese, al decir del historiador Domínguez Ortiz, de una supervivencia medieval entroncada con el sistema de iglesia propia, muy extendido en los territorios arcaizantes norteños, especialmente del País Vasco, donde allí “la gran mayoría de los beneficios simples o curatos eran patrimoniales, presentados por la familia o por el municipio;las ventajas residían, sobre todo, en la compenetración entre el cura y sus feligreses;los inconvenientes, en los pleitos, los abusos y la dudosa vocación de una gran parte de ese clero”. Razón que explicaría, entre otras cuestiones, el porqué de la conveniente ausencia aun hoy en día de párrocos ejerciendo en su lugar de origen.

Como también, por otro lado, es conocido que el negociado curato, según la Academia de la Lengua Española, constituido además de por el mencionado cargo espiritual, por la parroquia y el territorio que comprende, venía a solucionar en buena medida parte del problema generado por el régimen de herencia (basado en nuestra comunidad navarra en el “principio de concentración familiar y permanencia de la Casa”, favoreciendo al heredero único, al decir de Francisco Salinas Quijada) gracias al cual los segundones de las casas más bien pudientes, y en ocasiones no tanto, encontraban oficio y algún beneficio. Dicho de otra manera por la historiadora Elena Catalán Martínez este es el caso de los beneficios instituidos por la nobleza feudal y clase aristocrática donde se ve todavía más claro aún no siendo el caso que nos trae, pues los nuestros venían dependiendo del propio municipio: “Por otra parte la institucionalización del mayorazgo y el progresivo avance de la vinculación hicieron de estas donaciones el complemento indispensable para dotar a las ramas secundarias de las familias que habían quedado fuera de los circuitos de transmisión patrimonial”.

José Luis Sales Tirapu (exdirector del Archivo Diocesano de Pamplona) matiza el que no todos los clérigos estaban autorizados para la cura de almas, en manos del abad o del vicario, pues los beneficiados se dedicaban al canto y a auxiliar en los ritos de la liturgia y en las celebraciones. Su financiación, en el caso de Uharte, y como viene a demostrar el posterior plan beneficial de 1806, corría a cargo de dicho patronato único dependiente solo y exclusivamente del regimiento (ayuntamiento), vecinos y concejo. En el mencionado libro del obispado de 1753, la Villa de Uharte asumía el coste, a través de su Patronato, de dos vicarios, en representación del obispo de Pamplona y el abad de Leyre, y de cinco beneficiados, en la parroquia de San Juan, y de tres en la de San Esteban. Nada menos que diez clérigos, antes de la unificación de 1775, en una población que después de la misma, según el Censo de Floridablanca de 1786, aún disponía de un cura y seis beneficiados contando con 695 habitantes. El plan beneficial de 1806 habrá de reducirlos aún más: los seis beneficios simples servideros se suprimen y se exigen tres cuyos poseedores y también el vicario existirán en continua precisa persona y laboriosa residencia en la villa de Huarte y compondrán su cabildo eclesiástico con las rentas y cargas que se expresarán. Hoy en día nuestra parroquia, según creo, cuenta con un párroco y un vicario parroquial, en una población, aunque no toda sea necesariamente católica y romana, de siete mil habitantes.

Por cierto, el libro del obispado de Pamplona nos informa también de que los beneficios eran en ambas iglesias simples y servideros, y que en la primera le está en litigio si deben ser solo presentados los hijos de la villa o lo deben ser también los hijos de caseros;así como en la segunda tocando la provisión al Real Monasterio de Leire en patrimoniales o oriundos sobre el que de igual manera existía litigio. En la primera la colación o nominación, correspondía al Ordinario;y en la segunda al Abad de Leire. Y ambos abades estaban obligados anualmente, el día de todos los Santos, a otro tipo de colación para con el pueblo, consistente en ocho robos de trigo en pan, ocho canastos de vino, treinta y seis docenas de castañas, treinta y seis libras de tocino, treinta y seis de queso, y ocho libras de carnero para cena de doce hombres que se emplean en la distribución, pues en algo habríamos de beneficiarnos tras el ímprobo esfuerzo de financiación.

El autor es escritor