“La vida es un cuento narrado por un idiota”

Javier Orcajada del Castillo - Miércoles, 6 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:10h.

Así lo denuncia nada menos que Shakespeare en Macbeth. Continúa: “… lleno de ruido y de furia que no tiene ningún sentido”. Es como un remedo de la expresión de un crítico en un artículo refiriéndose a la actuación de los políticos, que titulaba: “El 80% de lo que hacen o prometen los políticos es mentira y lo saben”. Afirma que antaño la clase política se preocupaba de que sus promesas fueran pocas y creíbles para no tener que rectificar porque tenían el pudor de no engañar o al menos, sin tanto descaro.

Ahora los políticos han rebasado el listón y no tienen inconveniente en prometer lo que sea, aun a sabiendas de que no es posible metafísicamente. A veces es por puro cinismo o por ignorancia, pero la mayor parte es porque no saben distinguir lo que es verdad de la mentira. Su código moral al entrar en la política se ha trasmutado. Les es indiferente porque han llegado a la conclusión de que los votantes son insustanciales e incapaces de descubrirles sus mentiras y fantasías o que se les olvidará a la hora de ir a las urnas.

En realidad los políticos se limitan a prometer lo que crean que va a satisfacer a la población, pues éstos solo quieren oír lo que les interese, aunque sepan que no lo cumplirán pues, como dice Macbeth, el narrado es idiota y dice idioteces.

El articulista describía que es divertido leer sus afirmaciones categóricas que son totalmente opuestas a las escritas recientemente afirmando lo contrario. Esa es la demostración de que es idiota, pues debería revisar sus afirmaciones, al menos las últimas, pues puede descubrir que contradiga lo que ha sido su programa electoral que es lo que la ha llevado al triunfo. Pero no se les puede minusvalorar, pues tiene valor ser capaz de enfatizar con convicción y de arrastrar a los ciudadanos, lo cual presupone tener la capacidad de autosugestionare de algo sin base argumental y que logre comunicar al lector o al oyente la sensación de que es sincero y le crea y le vote. Es estar convencido que el elector es idiota y no piensa.

Sin duda, es una faceta valiosa de la que no pueden alardear la gente del común, pues ello exige argumentos o lenguaje gestual convincentes: es lo que los críticos llaman cinismo que se comportan como antisistema y enemigos de la solidaridad. Aunque consideran a los políticos parásitos que viven del cuento, pero al final la población tiene que reconocer que también esa conducta responde a toda una ciencia muy compleja, pues la mayoría envidian en su intimidad a esta clase social y que para perpetuarse como colectivo parasitario se han diseñado unas ciencias que se estudian en las universidades que tienen rango entre filosofía y magia para cautivar a los ingenuos.