Gentrificación a las puertas

Por Armando Cuenca - Sábado, 30 de Diciembre de 2017 - Actualizado a las 06:11h.

Los diccionarios definen el concepto socioeconómico y geográfico de moda como “un proceso de transformación de un espacio urbano en declive a partir de la rehabilitación que provoca un aumento de los alquileres”. Y añaden que se da en “ciudades con potencial turístico”. ¿Entra Pamplona dentro de esa categoría? Ahí está la madre del cordero.

Cada vez que a Enrique Maya, anterior alcalde de UPN, le interpelan por la gentrificación en el centro de Iruñea, él niega la mayor. Dice que el barrio “se ha mimado” con todo tipo de ayudas y mejoras. Y no se puede negar que haya existido inversión en el centro de Pamplona, porque los ejemplos están ahí: parkings periféricos, reforma de la Plaza del Castillo, pavimentación de la mayoría de las calles -con la deshonrosa excepción de Jarauta-, entibadora, ascensor de Curtidores... Inversiones millonarias inexistentes en otros barrios, que a veces han mejorado la calidad del espacio urbano, pero que han tenido un impacto directo en los precios y, por ende, en el acceso a la vivienda. ¿Qué tipo de gente tiene acceso a crédito para comprar un piso nuevo, con ascensor, calefacción, garage y trastero en el Casco Viejo?

Sin embargo, Enrique Maya y, con él, la mayor parte de la clase política, sigue haciendo mutis por el foro. Afirman que no hay pruebas fehacientes de la gentrificación y es cierto que la sustitución de la población local popular o empobrecida por clases medias vinculadas a las industrias culturales y al sector de los servicios no son abrumadores como en otros lugares. Pero, ¿son alarmistas estos temores? Entre 2006 y 2017, la población de Pamplona creció un 1,75%;mientras el centro perdió un 12%. Un hecho sorprendente, teniendo en cuenta las inversiones y las mejoras. Al mismo tiempo que perdía población, el Casco Viejo ha ganado más de cien bares desde comienzos de siglo.

Pero es que, además de lo anterior, y gracias a la campaña de un colectivo del barrio, este verano se ha socializado otro proceso de transformación urbana: la turistificación. ¿Alguien sabía deletrear hace tres años el nombre de la mayor plataforma de pisos turísticos del mundo? Ahora, sin embargo, sabemos que cuatro de cada 100 pisos del centro son apartamentos turísticos. Y no hablamos de apaños sanfermineros de propietarios precarios que se autoexilian durante las fiestas para cuadrar los números y poder irse de vacaciones: diez agentes inmobiliarios acaparan el 21% de las plazas de Pamplona. No se trata de un simpático fenómeno estacional a caballo entre la picaresca y un sucedáneo de emprendimiento: es un negocio que mueve millones de euros.

La primera consecuencia de la puesta en juego de estos activos inmobilarios es la reducción del número de pisos ofertados para el alquiler normal, lo que ha producido un alza de los precios: llevamos tres años de subidas sostenidas del precio del alquiler en la ciudad, un 9,7% solo en el último año (en Donostia ha sido del 14%). La relación entre turistificación, subida de precios y expulsión de vecindario es clara.

“Las condiciones objetivas están aburridas de esperarnos”, decía el viejo chiste comunista. En este caso, el desastre asoma ya en el horizonte y ni el Ayuntamiento de Pamplona ni el Gobierno de Navarra están diseñando estrategias para hacerle frente. Porque lo que está en juego, como señalan las propias vecinas a través de acciones y charlas, es el propio carácter residencial del barrio. Un solo hotel, sea o no low cost, no va a provocar lluvias de fuego y plagas de langostas, pero alimenta una inercia que poco a poco está transformando tiendas, espacio público y viviendas en negocios más orientados a dar servicio al turista que al residente.

¿Qué hacer? El vecindario está generando un proceso participativo y autónomo. Está analizando, como puede, la realidad del barrio. Está generando discurso. Y conflicto. ¿No sería razonable que el ayuntamiento lo acompañara con recursos y medidas concretas? Creo que sí, y la primera medida debería ser pisar el freno ya y evitar la implantación de nuevos apartamentos turísticos, hoteles y grandes superficies comerciales hasta que tengamos un diagnóstico certero del estado de la cuestión.

El Reino de España está a punto de convertirse en el mayor destino turístico mundial -por delante de EEUU y Francia- en números absolutos. El turismo, ligado a la promoción inmobiliaria, es decisivo en el modelo productivo español. El lobby turístico inmobiliario se ha lanzado a la captura de capital extranjero y está decidido a aumentar sus plusvalías a través de la explotación privada del centro de las ciudades y pueblos españoles. El territorio en su conjunto es ya objeto de un salto de escala en la especulación y depredación capitalista. ¿Es sensato pensar que nuestra ciudad va a escapar de esas dinámicas de extracción de renta que obedecen a dinámicas globales? Esconder la cabeza y esperar a que amaine una tormenta -que quizás no amaine nunca- es una mala idea: tenemos que dar señales claras de que vamos a enfrentarnos a este fenómeno sin matices.

El autor es concejal de Movilidad Sostenible y Ecología Urbana de Aranzadi en el Ayuntamiento de Iruñea