Y tiro porque me toca

No, es el mercado, amigo

Por Miguel Sánchez-Ostiz - Domingo, 14 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:10h.

esa es para mí la frase más demoledora que se haya dicho y oído en toda la semana porque resume con contundencia una época. La soltó un corrupto condenado a cuatro años y seis meses de prisión (por el momento), que fue vicepresidente del Gobierno y que hace lo que le viene en gana: Rodrigo Rato. Lo dijo para coronar esta desvergüenza: “¿Sabe usted cuánto han perdido los accionistas de la banca? ¡Cien mil millones, más otros setenta mil que han puesto en ampliaciones de capital! ¿Y eso es un saqueo? No, es el mercado, amigo”. Ese falsamente familiar y prepotente “amigo” final, es de chulo en barra de taberna, de guapetón, que es lo que es, y de camorrista.

El mercado al que se refiere Rato son las viviendas sociales vendidas a fondos buitres;son los servicios públicos deteriorados de manera consciente y planificada para hacerlos privados y convertirlos en empresas protegidas por el poder;son las pequeñas empresas que cerraron y nunca se han podido recuperar;es el negocio del hormigón que sigue por los mismos caminos que antes de que estallara la crisis;es el saqueo de las indemnizaciones millonarias;es la manía del cobro en dinero negro sostenida por los teóricos del fraude como fuente de la economía.

El mercado es la banca cuyo rescate estamos pagando todos los ciudadanos;es el imparable chorro de desahucios que se producen a diario;es ir convirtiendo el derecho a la vivienda protegido por la Constitución en un collarín de garrote;es el tráfico de personas y el indecente montaje de empleos precarios que benefician, y mucho, a empresarios sin escrúpulos o convencidos de que “así son las cosas", que es algo que tranquiliza mucho las conciencias. Ese es el mercado de Rato y los de su casta.

El mercado es que mientras gente como Rato ganaba fortunas con negocios y manipulaciones fraudulentas o indecorosas, una masa de ciudadanos perdía sus ahorros en tiempos que amenazaban borrasca;es que la pobreza energética es un hecho mientras que los amos de las eléctricas y los hampones a ellas arrimados se enriquecen de manera escandalosa;es que el ciudadano está siendo saqueado por todos los costados.

El mercado es una forma de vida y una de hacer política conducente al sometimiento y sumisión de una buena parte de la ciudadanía a la que se mantiene atada de pies y manos y se le arrebata, por miedo, la capacidad hasta de rechistar. Es el mercado quien gobierna este y otros países muy por encima de las urnas, puestas estas a su servicio permanente, salvo cuando de manera sorpresiva no dan como resultado el que se esperaba. El mercado es que el sistema legal está casi por completo a su servicio, o no tan casi, y lo va a estar más en el futuro, de manera que al ciudadano no le queda más remedio que acatar y dar por bueno aquello que le perjudica de manera notoria en su patrimonio y en su forma de vida. Es decir, una forma de dominación que excede en mucho lo conocido hasta ahora. Es el mercado quien sostiene al Gobierno y es el Gobierno el que hace todo lo posible para que ese sostén se mantenga. Solo así se entiende la presencia e intervención de nubes empresariales, lobbies financieros y bursátiles, en episodios puramente políticos, como acaba de suceder en Cataluña. Solo así se entiende la indecente manera en que el Gobierno ha cedido soberanía nacional a favor de multinacionales o transnacionales o sistemas económicos extranjeros y dominantes.

Es el mercado el que nos está tronzando, empobreciendo, mientras los medios de comunicación baten palmas sobre la bonanza económica, la recuperación, porque es el mercado el que los sostiene en su notoria precariedad financiera y por eso ocultan las cifras de pobreza o que desde el inicio de la crisis, y gracias al mercado, más de 2,1 millones de jóvenes han perdido su empleo. ¡Fiesta, esta noche es fiesta!... ¿No? Y el gordito Rato salta de su yate al mar del verano, porque ha sabido manejar el mercado, no como nosotros.

“¡Eso es todo amigos!”, exclamaba el cerdito Porky al término de la sesión de dibujos animados -los Looney Tunes-, pero esto ni ha sido divertido ni se trata de dibujos animados, sino de un descalabro nacional.

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