Isla Busura

Terrores paralizantes

Por Maite Esparza - Viernes, 2 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

El tronco de yuca se mueve. Lo miras fijamente y descubres que la corteza parece ondular y sí, se pone tersa hasta que una grieta desgarra la piel vegetal y de ella asoma una pata negra y peluda, otra, un cuerpo y las seis patas restantes. Una tarántula africana acaba de adueñarse de tu salón mientras tus miembros se han congelado, los globos oculares te estallan y sientes la serpiente helada y viscosa del miedo más primitivo deslizarse por tu columna vertebral. Esta pesadilla la vivió hace mucho en Pamplona una señora que meses antes había adoptado sin saberlo una yuca-kinder en la que anidaban pequeños huevos sorpresa. Pero el terror posee una asombrosa capacidad de superarse. Y esta semana unos canadienses de bien, que suena casi reiterativo porque la suya es una sociedad cívica y pacífica que no suele dejarse contagiar de los extremismos y la desinhibida cultura de armas de sus vecinos sureños, han hecho un descubrimiento más que pavoroso. Macabro. Al regar las enormes macetas que un jardinero les había instalado en su frondoso parterre de Toronto y constatar que la tierra se apelmaza, decidieron removerla para oxigenarla. Y lo que airearon fue un secreto con nombre de huesos humanos. Los de varias personas que el hacedor de la belleza botánica de su casa había matado. ¿Cuál fue el móvil del asesino que ha llegado a sumar al menos cinco cadáveres a su serie personal? Los gustos de sus víctimas. Eran hombres que disfrutaban con otros hombres. Sin más. O sin ser Paco Etxeberria sino un simple espeleólogo aficionado puedes elegir la sima de Otsaportillo o cualquiera de las muchas que horadan el suelo de Urbasa y descubrir que junto a la mochila que acabas de dejar en el suelo asoma lo que parece un fémur. Y lo es.