Monte Valdetiétar, lugar del milagro

El próximo julio será el cuarto año consecutivo en Pamplona de los toros de esta casa y tras muchas intervenciones, por fin vamos a poder entrar a esta casa, y encontrarnos con los hermosos escolares.

Reportaje y fotografía de Patxi Arrizabalaga - Domingo, 4 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

llegamos a Lanzahita y son las tres. Tenemos tiempo de comer y así lo hacemos en la primera tasca que encontramos. Sobria, pero acogedora. Unas raciones bastarán para quitar la gusa que traemos por el camino, en un día más que gris. Hemos quedado un poco más tarde de lo deseado y casi me preocupa más la luz que nos quede para ver los toros que el posible recibimiento en esta casa. Y es que, el que suscribe es la primera vez que va a entrar en ella. Atrás quedan otros intentos, y malentendidos de por medio. Don José nos recibe, y eso es mucho. Y para mí, a pesar de contar hasta con la intervención de Roberto Gómez, tan bien situado en esa casa, hasta no ver con el viejo criador todo lo que tiene, no sé si creeré en tal milagro. Y la hora que llega. Apenas pasar el campo de fútbol y seguir el camino, que ya estamos en Monte Valdetiétar, la finca que tanto se me resiste. De un salto me lanzo y abro la puerta de entrada como si todavía alguien me pudiera negar tal lujo, y nos llegamos hasta la casa solariega.

Nos quedamos parados contemplando el campo mientras damos tiempo al ganadero a salir a recibirnos. Es la hora acordada y bajo una ínfima claridad respiramos la paz y tranquilidad del campo. Los urbanitas que me acompañan se quedan mirando a la lejanía mientras oteo los cercados, impolutos, cuasi perfectos, de piedra arrancada del suelo. Una tierra arenosa antaño llena de piedras y que hoy no deja de ser una pintura verde perfecta, donde cada cosa está en su sitio. Sonrío mientras veo enormes encinas que me dicen que la tierra lleva décadas bien cuidada.

Aparece un todoterreno por un lateral del caserón y nos saca del ensoñamiento. José Escolar baja del volante y su yerno, el matador de toros El Fundi le acompaña. Cuan fiel guardaespaldas acompaña en todo momento al ganadero. Y hoy no podía ser menos. Lo primero se disculpa por retrasar la hora, pero los veedores de Madrid les han ocupado el tiempo. Y los negocios propios van por delante de los ajenos. Todos al coche, enseguida surgen las preguntas y aclaramos malentendidos, si es que los hubo. Y espero que para siempre. Un hombre de campo con esa cara de buena gente debe serlo. Nos ha sacado los toros al cercado de hacer las fotos guapas, nos dice El Fundi. Necesitan agua porque está todo seco, aunque en lontananza se veía Gredos nevado. Pero allí, aquí ni gota, espeta raudo José. Y yo que le digo que le regalo la que me sobra en casa.

maestría Con maestría, no en vano lo ha hecho cientos de veces, va colocando a sus toros posibles delante de la cámara. Y vamos viendo esos cárdenos, unos entrepelados y otros de lámina muy clara. Doce, quince por delante y entre ellos se adivinan los de Pamplona. A ver si no se vuelve ninguno este año, nos dice. Ese pastor que salta desde ahí no me gusta. Nosotros le decimos que tenemos entendido que es un fotero que saca demasiada cámara a destiempo, le comentamos. Y los toros se van moviendo a ritmo del coche, mientras la tarde se hace oscura para la visita fotográfica. La cámara suelta el flash y protesta. Pero uno que no es nuevo, a foto por toro, casi, ya tiene todo aviado. Mientras conduce va respondiendo a las preguntas, y me aclara que tiene ya más de albaserrada que de otra cosa porque lo ha buscado para que le dé más caja. Si no, no puedo ir a las grandes ferias. ¡Vamos! Que lo tiene claro.

Está hecho, demanda el jefe. Por mí visto, respondo. Pues ahora vamos a ver la finca tranquilos, y allá que nos vamos entre cercados. Todo en su sitio, limpio como una patena. Si por el dueño fuera limpiaría hasta los detritus de sus bureles. Vemos las futuras camadas y las vacas con sus jóvenes retoños paseando entre cercados. Y la tarde se acaba. Espero que todo haya sido correcto, termina el ganadero. Y la verdad es que sí. Y no por haber entrado en su casa. Simplemente por contemplar el milagro del trabajo, en una finca donde lleva el hombre más de 50 años trabajando con esmero. Y eso se ve a primera vista.

Salimos encantados con esos cárdenos de mirada bonita y pestañas largas. La noche nos persigue, mientras camino del sur surcamos la A5 camino de Mérida. Día largo, muy largo. Y mañana Jandilla. Dios mediante el domingo que viene para Vdes. Disfruten de las fotos.