Por comentar

El eterno presidente

Por Javier Encinas - Miércoles, 7 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Con Fermín Ezcurra tuve algunas peloteras de cierto calado. Acostumbrado como estaba a recibir todo tipo de merecidos parabienes, debido a que su gestión apenas concedía espacio para el reproche, no encajaba bien la crítica. Y menos todavía si la censura a una de sus decisiones procedía de un joven periodista al que recomendaba que no escribiera algo que pudiera perjudicar al club. Hombre cercano, de firmes convicciones y rodeado de una directiva que, al menos en público, jamás le cuestionó nada, tenía razones para pensar que antes nos equivocaríamos los demás que él y así te lo dejaba caer. El mayor desencuentro con él tuvo su origen en la despedida que le dio a Castañeda por la puerta de atrás para traer a Spasic, un central serbio que había hecho el ridículo en el Madrid y que por aquí tuvo un rendimiento bastante irregular. Aquella bronca no nos dejó ninguna huella y la relación siguió siendo igual de cordial.

Tuve la suerte de seguir casi a diario los avatares del club en una de sus etapas más exitosas. Fueron los años en los que el equipo, asentado en Primera División, conoció las mieles de Europa hasta alcanzar en 1991 los octavos de final de la Copa de la UEFA. El billete a esta competición se lo había ganado tras una brillante temporada jalonada con el histórico 0-4 del Bernabéu en una campaña que Osasuna finalizó en cuarta posición. Nada de esto le hizo perder la cabeza a don Fermín, como le llamaban casi todos. Siguió administrando el club como si se tratara de una empresa familiar y con la máxima de gastar siempre un poco menos de lo que se ingresaba para tener el colchón necesario con el que hacer frente a los imprevistos.

En aquel Osasuna todo parecía eterno. Empezando por el presidente, que batió todos los récords de permanencia en el cargo, pero también el entrenador, el reducido cuerpo técnico y médico, los componentes de la directiva y, por supuesto, los empleados del club. Conociendo a Fermín, seguro que muchas veces les regateó cualquier subida salarial, pero cumplió siempre con todo lo que les prometió. Los trabajadores del club sabían que se beneficiarían de los éxitos deportivos si estos llegaban y consiguió que en la entidad se remara en la misma dirección y al unísono. Jamás escuché a un empleado de las oficinas, de Tajonar o de El Sadar alguna palabra que pudiera enrarecer cualquier situación.

Huelga decir que en aquel club de impronta presidencialista no había lugar para la desavenencia, ni apenas razones para ella. Todo fluía dentro de una satisfactoria normalidad en la medida que se conseguían los objetivos deportivos, que lógicamente no iban más allá de lograr la permanencia en Primera. Así que buena parte del proyecto se desmoronó cuando el equipo se encaminó hacia el descenso tras 14 temporadas consecutivas en la máxima categoría. Ezcurra hizo un amago de dejarlo cuando, en diciembre de 1993, tuvo que prescindir de Pedro Zabalza, el entrenador con el que había formado un binomio realmente eficiente. De hecho, ambos tenían tanta química que oficialmente nunca se supo muy bien si había sido destituido o había dimitido. ¡Qué mas daba! Simplemente se había quitado de en medio para ver si se reflotaba un equipo que acusaba el desgaste del paso de los años.

El adiós de Zabalza fue uno de los peores tragos que vivió Ezcurra y la antesala de su propia marcha. Enrarecido el ambiente osasunista, algo que siempre quiso evitar el presidente, aguantó apenas solo tres meses más en el cargo antes de anunciar su propia dimisión, puro en ristre, y dejar un legado que sus sucesores no supieron aprovechar. Si en la primavera de 1994, cuando certificó su marcha, nadie dudaba de que Ezcurra había sido un grandísimo presidente, todos los que llegaron detrás -con la excepción de Javier Miranda- le han convertido en el mejor.

Secciones