Música

Multiculturalidad

Por Teobaldos - Jueves, 8 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

concierto de jordi savall

Intérpretes: Hepérion XXI, La Capella Reial de Catalunya, Tembembe Ensamble Continuo. Dirección: Jordi Savall. Programa: Las Rutas de la Esclavitud. Músicas de Malí, Madagascar, Marruecos, México, Colombia, Brasil, Argentina y Venezuela. Y de Mateo Flecha el Viejo, Juan Gutiérrez de Padilla, Fray Felipe da Madre de Deus, Jacinto de Cavaría, Negros Espirituales. Programación: Fundación Baluarte. Lugar: auditorio principal. Fecha: 6 de marzo de 2018. Público: ochenta por ciento del aforo (36, 26, 17 euros).

Sobre el escenario, a distintas alturas, un muestrario amplio de instrumentos musicales de diversas culturas: kora, valiha, marimbol, marimba de chonta, tiple, quijada de caballo, oud, etcétera. Es el Tembembe Ensamble Continuo, quienes, con su cante, baile, e instrumentos, para nosotros más o menos exóticos, adquirirán el protagonismo de la velada. Detrás, los grupos de Savall -Hespérion XXI y la Capella Reial-, con su rico instrumentarium de flautas, chirimía, bajón, violas de gamba soprano y baja, violone, vihuela, arpa barroca… y percusión. La percusión va a ser muy importante. Además, varios micrófonos para una amplificación discreta que no distorsionó la esencia de la música -aunque hubo algún desajuste en el solista-. Vestuario vistoso. Movimiento rítmico de los coros -sin exagerar-. Y un ambiente de pacífica armonía, incluso de fiesta, entre todas las culturas, que contrastaba con la terrible narración sobre la esclavitud que, el recitador Emilio Buale, contó en doce episodios. Savall plantea, pues, un bienintencionado espectáculo en el que quiere mostrar los horrores de la esclavitud, por una parte, y el rico acerbo musical de las colonias, como único refugio y consuelo de los esclavos. A mi juicio, sólo lo consigue a medias: por una parte las narraciones -documentos históricos explícitos- de las barbaridades inflingidas a los esclavos no aportan novedad alguna a lo que ya sabe el espectador;por otra, ese tremendo drama narrado, no se continúa en la música -salvo en casos contados-, para que el oyente se emocione y acongoje con el drama. Savall se recrea en la belleza de los ritmos autóctonos, y los entrevera -y esto queda muy bien- con villancicos de músicos del repertorio que domina, como Mateo Flecha el Viejo, Gutierrez de Padilla, Fray Felipe da Madre de Deus, etcétera.

Comienza la sesión con un solo de Mali, a modo de quejido, que da paso a las coristas, ya en el más tradicional estilo folklórico. A partir de aquí se va a ir sucediendo las intervenciones de los diversos países: sus intérpretes, más que lucir voces excepcionales, cumplen con el estilo, el gracejo y la impecable rítmica de sus culturas. Todo es hermoso, diferenciado y entendible;pero, como suele ocurrir con el folklore, la repetición de la fórmula, y el empeño de cantar todas -o casi- las estrofas, quizás resulte un tanto cansino, repetitivo. Aun así, algunas letras -muy bien servidas por los supratítulos- tienen mucha gracia (“qué bonito lo vienen bajando, con ramos de flores lo van coronando…”, en un ritmo procesional). Hay momentos muy logrados, como el solo de laud del proscenio, de bello virtuosismo y el único que recibió amago de aplausos del público. Y el sólo de viola soprano de Savall -que se prodigó poco- el tenor y el coro, en la canción espiritual Amazing Grace: para mí, el momento más emotivo de la tarde. En cuanto al despliegue de Hespérion XXI, se me quedó, musicalmente corto;eché en falta variaciones de estos excelentes músicos, sobre los temas autóctonos. Pero, en esta ocasión, cedieron protagonismo.

Y sí, de acuerdo con la intención de la velada, nunca será suficiente la reparación de la injusticia universal de la esclavitud. También por parte de España. Pero, a la vez, hay que recordar que compatriotas nuestros, como Fray Bernardino de Minaya (s. XVI), por ejemplo, que, a la pregunta del rey sobre si los indígenas eran hombres, le contestó, enfadado: “No hemos venido aquí a bautizar monos”;e impulsó la Sublimis Deus (1562), bula que defendía la dignidad de los indígenas.