Memphis rescata al Martin Luther King más radical

La conmemoración del 50 aniversario del asesinato del reverendo sirve para reivindicar su lucha por la justicia económica y pone de manifiesto el fracaso de la igualdad en Estados Unidos

por Carlos Pérez Cruz - Domingo, 8 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

A las seis y un minuto de la tarde del 4 de abril de 1968, James Earl Ray abatió a Martin Luther King Jr. en el balcón de su habitación en el Motel Lorraine de Memphis. Un solo disparo apagó la voz de uno de los líderes más carismáticos del movimiento por los derechos civiles en Estados Unidos. Cincuenta años después, a la misma hora y en el mismo lugar, 39 tañidos de campana resonaron en recuerdo de los 39 años de vida del reverendo. La campana, situada en la balconada del motel, actual Museo Nacional por los Derechos Civiles, procedía del Templo Clayborne, el lugar en el que hace cincuenta años se reunían los trabajadores de la limpieza de Memphis para iniciar sus marchas durante la huelga que siguió a la muerte de dos de los limpiadores. Luther King Jr. estaba en la ciudad para apoyar sus demandas y movilizaciones. Su lema, tan sencillo como descriptivo: I am a man (Soy un hombre).

La memoria de aquella huelga y de sus marchas sirvió la mañana del pasado miércoles, día central de los actos de recuerdo al reverendo King Jr. en Memphis, como plataforma de reivindicación para diferentes sindicatos de Estados Unidos. “Los millonarios gastan su dinero en desacreditarlos. Cuando te contratan en Walmart (una conocida cadena de supermercados), te dan un discurso sobre lo diabólicos que son”, señala Hunter Demster, activista del movimiento Fight for 15 (Lucha por los 15). Precisamente este colectivo intenta concienciar a los jóvenes trabajadores de restaurantes de comida rápida sobre la importancia de sindicarse para conseguir objetivos básicos como el de recibir un salario de 15 dólares a la hora. Según apunta su compañero Antonio Cathey, “los jóvenes desconocen qué es un sindicato, y por eso les formamos”.

Enfundado en la camiseta verde de la rama local del AFSCME, el sindicato de los trabajadores de la limpieza de Memphis, Marvin Qualls, que lleva 35 años afiliado, critica que “la mayor parte de la gente joven quiere soluciones rápidas. Lo quieren todo ahora y no saben nada sobre la lucha. No miran atrás para tomar ejemplo y no se fijan en quién pagó por ello”. Una lucha de medio siglo que, sin embargo, no impide que Cleo Smith, que ya limpiaba Memphis en 1968, lo siga haciendo hoy por 16 dólares a la hora.

El 63% de la población de Memphis es negra. De ella, el 32,3% vive bajo el umbral de la pobreza, que afecta al 44,7% de los niños de la ciudad. Cifras que pueden sorprender “en el país más rico del mundo”, como lo describe Bernie Sanders, probablemente el político más a la izquierda del establishment del país. Números que hablan de una miseria que se podría combatir “si el gobierno federal deja de hacer recortes de impuestos a los millonarios” o deja de gastar “cantidades increíbles de dinero en el ejército”. Sanders verbaliza desde el ámbito político lo que la noche anterior había defendido en el eclesial una encendida Bernice King, hija de Martin Luther King Jr., durante la conmemoración del último discurso que dio su padre antes de morir: el que dirigió a 3.000 seguidores en el Mason Temple de Memphis la noche del 3 de abril de 1968. “América se puede ir al infierno porque en 50 años no nos hemos enfrentado a los últimos vestigios del racismo;porque nos hemos negado a enfrentar la pobreza;porque el militarismo nos ha privado de los recursos necesarios para poder afrontar las injusticias sociales. Una nación que cada año invierte más en gasto militar que en programas sociales, es una nación que se está aproximando rápidamente a la muerte espiritual”, proclamaba entre aplausos, gritos de “amén” y algún murmullo en el mismo lugar en el que su padre declamó, en un discurso improvisado y muy celebrado, que “he estado en la cima de la montaña”.

el gran líder El discurso antimilitarista y económico de Martin Luther King Jr. es el más incómodo para el relato oficial sobre la figura del reverendo, que ha quedado enmarcado en el imaginario colectivo de este país como el gran líder por los derechos civiles, el que consiguió acabar con la segregación por ley. El que no entra tan fácilmente en la narrativa es el que puso en tela de juicio dos de los pilares en los que se ha sustentado en gran medida el poder de EEUU en el último siglo. En el país estrella del capitalismo, datos como el de la pobreza en Memphis oscurecen un paisaje glamuroso en su proyección global, porque muchos quedan en el camino. Con el impulso de la conmemoración de los 50 años de su muerte, el reverendo William Barber es uno de los promotores de la recuperación y actualización de la campaña de King Jr. para combatir la pobreza. La Poor people’s campaign (Campaña de la gente pobre) anuncia en las próximas semanas acciones de desobediencia civil en todo el país, que culminarán en una manifestación el 23 de junio en Washington. Carlton E. Smith, que forma parte de este movimiento, dice que está inspirado por la que fue “la última campaña por la que peleó Martin Luther King Jr., y guarda relación con otras que están teniendo lugar en los Estados Unidos como Occupy Wall Street o We are the 99%. Cada generación tiene que participar en la lucha por la liberación”.

La liberación será económica o no será. Para el reverendo baptista Earl J. Fisher, “si nos fijamos en los salarios, sigue existiendo la explotación. Yo abogo por un salario digno por ley, porque prohíban que se pague a la gente menos de lo que cuesta vivir”. Fisher denuncia que son los legisladores los que ponen las trabas a la justicia económica: “Cuando el condado de Shelby (del que forma parte la ciudad de Memphis) aprobó un salario digno, el Estado (de Tennessee) prohibió que las municipalidades aprobaran ese tipo de medidas. Hay gente que trabaja cuarenta horas a la semana y, aún así, cumple los requisitos para recibir los vales de comida”.

La liberación será política o no será. Como explica Deidre Malone, presidenta de la rama local de la NAACP (Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color), la asociación de apoyo a los afroamericanos más antigua del país, “los gobiernos federales y estatales ponen barreras para votar, al igual que hacían en los 60 y los 70”. Entre otros recursos para desincentivar el voto de los sectores más vulnerables de la población, muchos estados exigen un documento de identificación oficial con fotografía. “El anterior alcalde intentó que se pudiera utilizar el carnet de la biblioteca, que incluye foto, pero el Estado dijo que no. Barreras, barreras y más barreras”, suspira Malone. Quizá por eso, en una ciudad con mayoría negra, el alcalde es blanco. “Más del 60% del presupuesto de la ciudad lo invierte en seguridad pública. De ahí, el 50% va a la policía”, denuncia el reverendo Fisher.

Ha pasado medio siglo y en EEUU la discriminación racial ya no es legal. Sin embargo, los caminos de la legalidad y los de la vida cotidiana no siempre van de la mano. La ciudad en la que Martin Luther King Jr. perdió la vida hace medio siglo es un ejemplo del fracaso de la lucha por la igualdad racial en EEUU. Depauperada y castigada, Memphis no puede maquillar la depresión y el abandono de varios de sus barrios, por los que deambulan como zombies algunos de sus habitantes. Siempre son negros.

King Jr. ha pasado a la historia como el más carismático de los líderes de la lucha por la igualdad racial, pero sus éxitos fueron sobre todo legislativos. En 2018, el gran objetivo es mucho más difuso y sutil: dinamitar los prejuicios, lograr un cambio en las conciencias individuales de todo un país que, aunque sea de forma inconsciente, sigue hablando el lenguaje de las razas.