A las mujeres republicanas

Por Laura Lucía Pérez Ruano - Sábado, 14 de Abril de 2018 - Actualizado a las 09:51h.

en la legislación civil previa a la II República, la mujer era asimilada a los “menores de edad, ciegos, locos, extranjeros y sordomudos”, incapacitada para tomar decisiones económicas, sin el acuerdo de su marido o tutor.

La II República supuso para las mujeres el comienzo de su presencia en el ámbito de la política y su reconocimiento como ciudadanas de pleno derecho;aunque los cuadros varones de los partidos, antepusieron sus propios intereses a los específicos de las mujeres.

Sin embargo, éstas se movilizaron, se empoderaron, transgredieron los tradicionales espacios y funciones femeninas, participando en la vida cultural y ocupando la esfera pública;ámbito reservado a los hombres, pese a las protestas de la Iglesia y la oposición de los varones, también desde las izquierdas. Por ello, las mujeres anarquistas reivindicaron su autonomía institucional del resto del movimiento anarquista;así, Lucia Sánchez Saornil y Suceso Portales, entre otras, lucharon por la erradicación del privilegio de clase y de la supremacía masculina, también dentro de sus propias filas.

Las mujeres dejaron de ser pasivas musas para convertirse en creadoras de arte, como María Blanchard, Maruja Mallo o Ángeles Santos. Muchas pasaron a la acción política: la socialista María Lejárraga que denunció la miseria de las mujeres en el medio rural, donde casi el 60% de ellas eran analfabetas;la anarquista Hildegart, defendió la libertad sexual de las mujeres, el control de la procreación y una educación sexual científica y moderna. Las abogadas Clara Campoamor, Victoria Kent, Margarita Nelken fueron elegidas diputadas;como más tarde lo serían también, la comunista Dolores Ibarruri, la anarquista Federica Montseny o la primera gobernadora civil, natural de Villafranca, la socialista Julia Álvarez Resano.

En aquellos años, además del derecho de sufragio, mujeres como la navarra María de Maeztu, María Domínguez, Camino Oscoz o Pilar Grangel, reclamaban el acceso a la cultura y a la formación como vía para su emancipación.

Iniciada la guerra, las republicanas se movilizaron en la resistencia antifascista, pese a que fueron relegadas a la retaguardia, forzando a las milicianas a realizar labores de enfermería o cocina, sin romper con la tradicional división sexual del trabajo;por lo que muchas se opusieron, quedándose en el frente.

Sesenta mil mujeres de todo el territorio se auto organizaron creando la Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA), conformada por más de doscientas cincuenta agrupaciones, como la Unió de Dones de Catalunya, la Unión de Muchachas, la Aliança Nacional de Dones Joves y la anarquista Mujeres Libres.

No obstante, no fue suficiente para que los organismos oficiales masculinos se interesaran de su enorme potencial organizativo.

Este empoderamiento terminó con la dictadura. El discurso franquista trató de eliminar cualquier transformación que, en el ámbito de las relaciones de género se hubiera producido durante la República, enviando a las mujeres al exilio doméstico, apoyado por el discurso de la Iglesia católica, que exaltaba la familia cristiana y prohibía la autonomía de la mujer.

En estos tiempos de silencio, Carmen Laforet, Ana María Matute, Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite o Mercé Rodoreda, escribieron contra el olvido de las experiencias de las mujeres.

En la actualidad, teóricamente se sostiene la igualdad;pero la equiparación efectiva que inició la lucha de tantas mujeres no se ha logrado en los principales ámbitos de decisión.

El espacio político ha sido un espacio de poder del patriarcado, en el que históricamente se ha instalado un doble código de moralidad diferenciado para hombres y para mujeres, que normaliza el hecho de que la mayoría de los partidos tengan líderes masculinos y entre sí, se confabulen en ese pacto entre caballeros, que les perpetúe en el poder como una sucesión natural. Es el patriarcado político e institucional, a veces de coerción, a veces de consentimiento, asumido y aceptado también por muchas mujeres que, lejos de tejer redes de sororidad, asumen el rol sumiso asignado y avalan la situación de privilegio de los hombres, sin enfrentarse a ella.

En cambio, cuando una mujer se atreve a pensar con criterio propio y a obrar en consecuencia, la demonización, la caza de brujas, los expedientes disciplinarios y la expulsión, son los instrumentos elegidos por quienes detentan del poder.

Tenemos memoria, y rebelarnos ante las actitudes patriarcales de los partidos y de las instituciones, no sólo es una actitud política, sino el primer paso para caminar hacia ese horizonte feminista, que antes que nosotras, emprendieron aquellas mujeres republicanas. La autora es parlamentaria foral de Podemos-Ahal Dugu