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Viajero universal

José Eladio Santacara Sánchez, natural de Carcastillo, repasa en un libro su primera vuelta al mundo Con su furgoneta ‘Ibiletxe’ recorrió 175.000 km, 30.000 km con la mochila al hombro y visitó 56 países

“Viajar abre la mente, siempre que se haga con un espíritu abierto y respeto”

Ainara Izko - Sábado, 14 de Abril de 2018 - Actualizado a las 09:51h.

carcastillo - Efectivamente, la tierra es redonda. Este es el sugerente título del libro que acaba de publicar José Eladio Santacara Sánchez, natural de Carcastillo, en el que resume su primera vuelta al mundo. Un viaje que le llevó tres años completar, comenzando el 26 de junio de 2003 y finalizando el 21 de mayo de 2006, y a través del que visitó 56 países. En total recorrió en solitario con su furgoneta Ibiletxe (casa que camina) 175.000 kilómetros, 30.000 kilómetros más con la mochila al hombro y realizó cinco grandes embarques. Unas cifras “alucinantes”, reconoce este ingeniero de telecomunicaciones y exprofesor de tecnología, que se ven engrandecidas aún más si cabe por las dos vueltas al mundo más que dio posteriormente (en 2010 y hace tres años) y en las que visitó otros países que se le habían quedado en el tintero. Así hasta recorrer 160 países, tal y como prueban los pasaportes que conserva “en algún lado”, admite, restándole importancia. No es de extrañar, por tanto, que se autodefina como “ciudadano del mundo”.

Ahora se encuentra en China, un país por el que siente especial predilección dado que es “barato, cómodo y conserva humanidad”, escribiendo un libro sobre África, continente que recorrió entre 2008 y 2009.

Volviendo al ejemplar que nos ocupa, editado por Círculo Rojo, cabe destacar que para él era una “obligación moral” compartir las experiencias vividas durante su primera vuelta al mundo y hablar de la realidad de cada país, independientemente de lo que se traslada a través de los medios de comunicación. Ya que, al margen de culturas e idiomas, “todos somos personas más parecidas de lo que pensamos, creemos o nos quieren hacer creer”, indica, tras señalar que ha sido un honor para él “conocer a tanta gente buena, generosa y humilde” en el camino.

La idea de viajar a tiempo completo por el mundo llegó a raíz de conocer en Palmira (Siria) a una pareja, Marian y Vicente, que llevaba haciendo lo propio tres meses. “Antes de embarcarme en esta aventura, había viajado por Europa, Norte de África y Oriente Medio, pero como toda la gente, aprovechando el mes o mes y medio de vacaciones. Siempre me ha gustado viajar, ha sido algo consustancial conmigo”, comenta al respecto. Tras decidirse a dar el paso pensó que siendo músico aficionado, como es el caso, se llevaría en el viaje tres instrumentos: un txistu, un acordeón y un trombón de varas. Fue todo un acierto porque “la música es universal y rompe barreras”. Tanto es así que en más de una ocasión le fue de gran ayuda para cruzar varias fronteras, como a la hora de entrar en Cuba o Turkmenistán.

Preguntado por cómo planeó el viaje, explica que gran parte fue fruto de la improvisación. “Ciertas personas prefieren tener todo controlado, pero yo no soy así, porque para eso no salgo de casa. Hay que dejarse llevar” -recomienda-. En mi caso, como viajaba solo, me puse varias prohibiciones: no me podía poner enfermo, no podía tener accidentes, no podía ponerme nervioso y no podía discutir nunca conmigo mismo. Eso lo tenía fácil porque casualmente siempre salían todas las decisiones que yo quería. Además, aprendí a no enfadarme porque de las equivocaciones salen cosas impresionantes”, apunta.

El libro, asimismo, contiene varios nombres propios como el de Vladimir, de Samarcanda (Uzbekistán), con quien conversó de la desaparición de la Unión Soviética;o Lola, de Nepal, que le habló de su matrimonio de conveniencia. Durante su viaje a Australia, además tuvo la oportunidad de conocer la historia de tres niñas aborígenes, “que como otros 55.000 críos y crías, fueron raptadas por el Gobierno y metidas en una inclusa para culturizarlas, pero que lograron escapar y reunirse con sus padres tras vagar 200 kilómetros por el desierto”, recuerda, emocionado. Estando en Tijuana (México) visitó, asimismo, la casa de una refugiada vasca de la Guerra Civil y debido a una avería en su furgoneta Ibiletxe convivió un mes con los Talibanes del Dir (Pakistán), a quienes tiene en alta estima, mientras esperaba la llegada de unas piezas de repuesto.

Otro de los contratiempos con su furgoneta fue el sucedido en Costa Rica, donde quedó varada en una playa desierta y tardó la friolera de ocho horas en sacarla en plena oscuridad y mientras no dejaba de subir la marea. Pese a todos los avatares, la sigue conservando. “Tiene ya 370.000 kilómetros”, comenta, no sin antes explicar que fue en Pakistán donde decidió bautizarla como Ibiletxe. “Todos me preguntaban por ella y decidí que tenía entidad propia para recibir un nombre”, señala. En cuanto a los beneficios que tiene viajar en furgoneta, apunta que “te da libertad. Es tu vivienda, tu hotel”. En aquel primer viaje relata, asimismo, que el único choque que tuvo fue contra un canguro.

En total, se han editado 500 libros, que se pueden adquirir por 20 euros. Por último, anima a los lectores a seguir sus pasos porque “viajar abre la mente, siempre y cuando se haga con un espíritu abierto y respeto”. De hecho dice que “cuanto más viajo, más vasco me siento y más ciudadano del mundo” porque “el mundo es un conjunto de todos los que estamos. No sobra nadie, pero faltan muchos”, concluye.