la carta del día

Palabras que hieren

Por Pedro Muerza Chocarro - Sábado, 7 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

La potencia de provocar dolor, de curar, de enfermar, de matar es inherente a la palabra.

Vivimos en la civilización del odio. Existe un odio lejano que no tomamos en cuenta más que en momentos puntuales y existe un odio cercano que se expresa bajo diversas formas de violencia contra el semejante: maltrato, dominación, acoso, desaparición del respeto y de la distancia simbólica.

En todos estos fenómenos se puede decir, paradójicamente, que prima el silencio, aunque se digan barbaridades. Distintas maneras de hablar, de expresarse, sin decir prácticamente nada.

Y entre los efectos de odio presentes en la vida cotidiana, se encuentran el insulto y la amenaza.

Todos entendemos que se pueden lanzar palabras como pedradas. Cuando dos se insultan, se agreden verbalmente y se puede entender que, aunque no se hablan, tampoco se matan, al menos aparentemente. Freud recordaba con ironía a un autor inglés: el primer ser humano que en lugar de arrojar una flecha al enemigo, le lanzó un insulto fue el fundador de la civilización…

El insulto pasa a ser el arma de los que no tienen armas, de los que, aparentemente, no tienen poder y se contentan con mancillar por medio de la lengua. El campo de batalla se ha desplazado y se ha dividido: o palabras o armas y, en definitiva, o palabras o muerte.

Sin embargo, las palabras pueden doler tanto como una herida producida por una piedra. Así por ejemplo, el efecto de un insulto racista es equivalente a recibir una bofetada en la cara. La herida es instantánea. Como dice Matsuda, los mensajes del racismo, las amenazas, las difamaciones, los epítetos y los menosprecios racistas, todos golpean las tripas de aquellos que pertenecen al grupo que se encuentra en el punto de mira.

Y es que el lenguaje opresivo produce su propio tipo de violencia que puede ser letal. El testimonio de Victor Frankl en un campo de concentración, confirma que “peor que la humillación de los golpes era el insulto. Ser tratados como cerdos era el fin de todo sentimiento de dignidad que pudiera habernos quedado”.

Es evidente que hay palabras que hieren, que humillan, que duelen. No a todas las palabras se las lleva el viento. Hay una génesis de la violencia que proviene del mismo lenguaje. De ahí que algunas palabras nos dejen huella, tienen capacidad de marca y nos marcan de forma indeleble.

Hoy día se intenta que el lenguaje sea solamente instrumento de la comunicación, que no sea un pase a la diferencia y a la alteridad. En otras palabras, se pretende que haya un discurso unívoco por el cual el insulto aparecería como un intento de máxima comunicación donde se entiende todo. Se comprueba que del desamor, por ejemplo, en las parejas, queda un resto de insultos intentando que el otro quede reducido y petrificado bajo la atribución injuriosa que proviene del odio.

A menudo se oye que la humanidad no ha aprendido nada. No se trata de aprendizaje sino de hacer de modo diferente con los mismos obstáculos de siempre. Porque no hay hombre nuevo;lo que pueden ser nuevas son las respuestas que demos y que no pasen por la destrucción y el dominio del otro.