Sí. El Valle se toca

La exhumación de Franco es un mensaje de alto calado simbólico, de carácter interno y externo. Decisión del todo pertinente y oportunidad aprovechada por el PSOE de Pedro Sánchez ante la inacción del Partido Popular y las contradicciones de Ciudadanos

Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

acierto del Gobierno Sánchez. Retirar los restos de Franco de un monumento público, cuatro décadas después del entierro del dictador. Quitarle ese reconocimiento fúnebre de Estado. Medida tan pertinente y de cajón que solo requería mover ficha. Era cuestión de voluntad política, de sensibilidad para con las víctimas del franquismo y de clarividencia en la imagen que el Estado español va a ofrecer a Europa y a la ONU. Un lavado de cara que mira al presente inmediato -el 40 aniversario de la Constitución- y al futuro de un sistema que dentro de trece años asistirá al primer centenario de la II república. Una decisión que desatranca por fin la continuidad de la postal tardofranquista de Cuelgamuros y que oxigena la imagen de Felipe VI, hasta ahora prácticamente ligada a gobiernos de derechas, al sancionar con su firma el decreto ley que permitirá la exhumación, con la segura convalidación en el Congreso.

Es una decisión la del Gobierno Sánchez con alto carácter simbólico. Como lo era mantener la tumba del dictador. De ahí la importancia y la necesidad de intervenir, y acabar con este icono de lo que acertadamente ha llamado el PSN “deferencia” con el franquismo. Un sustantivo que según la RAE posee tres acepciones: “adhesión al dictamen o proceder ajeno, por respeto o por excesiva moderación. Muestra de respeto o de cortesía. Conducta condescendiente”.

Pues bien, esta deferencia forma parte del marco de respetabilidad que ha nutrido el franquismo sociológico, de composición heterogénea. Con muchísimos más justificadores del franquismo que franquistas de aguilucho y procesión, que son los menos, solo faltaba. Y es que todos conocemos a gente que ha convertido aquella dictadura en un tiempo edulcorado;apacible y hasta con toque modernete, obviando o quitando importancia a la naturaleza violenta de aquel régimen. En todo caso, si aún se escucha que la exhumación de Franco reabre heridas es que el franquismo sociológico está ahí. El mismo que se manifestó airado hace unos años contra Rodríguez Zapatero.

la historia no se para Ese franquismo sociológico ha existido y aún en parte existe en la medida que el nacionalismo español más conservador o ultramontano ha disculpado o se ha sentido conectado con el recuerdo de un dictador que se presentaba y lo presentaban como un patriota católico. Los resabios del nacionalcatolicismo, aquella fusión autoritaria a mayor gloria del general y de su idea de la providencia, la unidad y la paz, quedaron profundamente arraigadas en buena parte de la sociedad española como una pegajosa imprimación. Parte de la miseria del franquismo estuvo en esa aculturación, entre fascistona y ñoña, que marcó una época. Y que dejó amplios posos en la generación que tuvo la tarea de criar en democracia a sus hijos. “La falta de vergüenza por el franquismo nos ha hecho como somos”, escribió Francesc-Marc Álvaro en 2015. De ahí tantas carencias, algunas corregidas poco a poco con el paso del tiempo, por el arraigo de otra conciencia y un relevo generacional que demanda intervenir sobre su propio presente.

“Al eliminar símbolos franquistas de nuestras calles no se remueve la historia;lo que sí cambia es la memoria del pasado, lo que queremos recordar como un mérito para nuestro presente”, escribió en 2010 el historiador Álvaro Baraibar, actual director general de Paz, Convivencia y Derechos Humanos del Gobierno de Navarra. Difícil sintetizarlo mejor. La exhumación de Franco es otra demostración de que la historia no se detiene y no se puede detener ad eternum, por muy poderosos que sean los intereses para hacerlo. El Movimiento franquista, que presumía de ser dinámico, era inmóvil. El poder reside en cada generación, y a cada generación le mueve su presente y su impulso de tratar de dejar futuro. Pedro Sánchez, nacido en 1972, va a hacer historia simbólica. La pudieron hacer otros. La va a hacer él. A partir de ahora el protagonista principal de aquella dictadura perderá el escenario de honor en el que reposaban sus restos. Aunque sea una decisión tan tardía, aunque pueda parecer testimonial, o por mucho que hoy perdure el dogma de la unidad sellada por el ejército, hay que darle valor. Visto con ironía, si Pedro Sánchez toma una decisión sobre los restos de Franco que tendría que haber tomado Felipe González, no nos extrañe que dentro de 30 años un/a socialista tome decisiones que tendría que tomar Pedro Sánchez.

pp y cs se retratan El Gobierno de Sánchez ha puesto en problemas el relato de PP y Cs. Quienes ahora dicen defender la neutralidad política del espacio público y se dicen liberales no apoyarán exhumar los restos de Franco de un edificio de Patrimonio Nacional. La contradicción es flagrante. El Partido Popular, heredero de Alianza, ha echado mano de un argumentario que se antoja cuando menos insuficiente para un electorado de centro, y Ciudadanos, pese a sus requiebros se ha vuelto a alinear junto al PP. La formación de Rivera tiene ahora mismo síntomas de estrangulamiento. Con riesgo de perder centro frente al PSOE y disputando el descontento de la derecha frente a un derechizado PP.

Un panorama algo aliviado por tanto para Pedro Sánchez. Un momento dulce de su presidencia exprés, aunque el efecto propulsor tendrá un alcance limitado tras hacerse efectiva la exhumación, ante el complicadísimo otoño político que se avecina.

fecha secreta Un último apunte, sobre el secreto del día de la exhumación. Aunque reciba críticas de quienes desearían un desentierro retransmitido en directo, no está de más la discreción en un asunto como este, que busca una cierta catarsis de Estado. Si se trata de emitir un mensaje de avance a Europa, lo será en la longitud de onda correcta, no entre protestas de nostálgicos y vítores de antifranquistas. Además: no hay nada más potente que el contraste entre un entierro multitudinario como el de Franco y la soledad de un notario, un coche fúnebre y poco más. La prueba la tenemos bien cerca, en Pamplona, en la exhumación de Mola y Sanjurjo, un ejemplo de sobriedad.

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