¿Está recibiendo el pueblo ma’di un trato injusto?

Por John Unzima* - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

amedida que los esfuerzos persisten para asegurar el retorno de la paz a Sudán del Sur, los distritos de Adjumani y Moyo han unido fuerzas y, durante los últimos cinco años, han acogido a más de 500 000 refugiados de Sudán del Sur, quienes han encontrado protección ante las hostilidades de su tierra natal. Esta afluencia de migrantes se da principalmente debido al carácter hospitalario de los habitantes de la región, quienes ya en el pasado acogieron a su pueblo vecino en momentos difíciles. Se podría afirmar que, en general, los residentes del Nilo Occidental han adoptado una actitud recíproca, ya que en los años 80 fueron ellos quienes tuvieron que refugiarse en tierras sudanesas. Además, la comunidad de acogida tiene sus orígenes en la región meridional de dicho país. En un contexto más amplio, el carácter demostrado por el pueblo ma’di se ha convertido en una herramienta de conexión internacional con la que el gobierno de Uganda ha confirmado su conocimiento del estado actual del mundo, ya que su ley de migración ha sido considerada modélica por muchos. De hecho el presidente de Uganda Yoweri Museveni habrá sido galardonado con un premio a la paz mundial por los esfuerzos del gobierno que lidera en aras de la paz en la región de los Grandes Lagos de África. Además de dar cobijo a miles de refugiados, Uganda también está involucrado en misiones de paz en las regiones de los Grandes Lagos (en particular en Somalia y Sudán del Sur). De hecho, el país es conocido por este tipo de misiones que precedieron incluso a su independencia política. A pesar de que la esfera solidaria internacional haya aclamado y brindado su apoyo a Uganda por su atención hacia el cuidado de los refugiados (principalmente mediante las agencias de las Naciones Unidas), tanto la comunidad de acogida como los refugiados insisten en que falta mucho trabajo por hacer.

Antes de la llegada de los refugiados de Sudán del Sur, la región del pueblo ma’di contaba con una población autóctona estimada de 450 000 habitantes. En otras palabras, esto significa que el número de refugiados que ha cruzado la frontera supera en número a la población de la comunidad de acogida. Este cambio drástico en la demografía del lugar en un intervalo tan breve de tiempo ha tenido como resultado que la infraestructura social (como carreteras o escuelas) se haya visto sobrepasada por la demanda. Por ejemplo, en poco tiempo el hospital general de Adjumani (construido a finales de los años 50 y con una capacidad para alojar a 100 personas) se ha visto aceptando a más de 500 pacientes de media. Esta situación, unida al limitado presupuesto per cápita destinado a sanidad, ha desestabilizado el sector sanitario y supone una amenaza para la comunidad en general. Ha sido incluso más perjudicial el impacto que el incremento de población ha supuesto para los recursos naturales -que hasta la fecha se han mantenido rígidos-, para la demanda de agua y combustible -que ha aumentado repentinamente-, así como para el deterioro del medioambiente, que todavía se recuperaba de las consecuencias de haber acogido a refugiados que, entre 1983 y 2005, huyeron de la segunda guerra civil de Sudán del Sur. Todo lo anteriormente mencionado está siendo mínimamente subrayado por la alteración cultural que, a lo largo del tiempo, ha vuelto a aparecer a medida que los refugiados contraen matrimonio con la población local. Esta fusión cultural natural supone un arma de doble filo para la región. Por consiguiente, todos estos factores subrayan la necesidad de que el pueblo ma’di reciba ayuda para poder abarcar dichos retos, a medida que hace frente a las consecuencias de alojar a los refugiados. Todo ello será posible si los programas de atención a refugiados evitan politizarse con el objeto de asegurar que la comunidad de acogida reciba un trato justo.

(*) El autor es periodista.

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