El rincón del paseante

De huertas, fábricas y lavanderas

Por Patricio Martínez de Udobro - Domingo, 26 de Agosto de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

Hola personas, ¿hemos vuelto a la normalidad?, pues hala, poco a poco que las prisas no son buenas. Yo hoy me he dado un paseo por zona extramural con pedigrí: la Rochapea. He tomado camino hacia el centro y por Navas de Tolosa, donde daba gusto ver a la gente disfrutando de una deliciosa noche de verano norteño en las terrazas de las calles Ciudadela y Rozalejo, he llegado al Paseo del Dr Arazuri, he pasado la capilla de San Fermín, la iglesia de San Lorenzo y he comenzado a bajar la Cuesta de la estación dejando a mi derecha el maravilloso convento de las Agustinas Recoletas, he atravesado el arco peatonal saliendo bajo la imperial labra heráldica, que hoy lo decora y que ayer lo hacía en el desaparecido portal de la Rochapea, y he entrado en terreno propio del barrio, a mi derecha el viejo puente del Plazaola, antiguo tren de vía estrecha, así lo atestigua. No lo he cruzado, he seguido por la zona que hoy se conoce, por el viejo convento que allí hubo de dicha orden, como trinitarios, lo que nosotros conocimos como Discosa o avenida de Guipúzcoa, su nombre oficial. He ido hasta el maravilloso puente románico de Santa Engracia y por él he cruzado al barrio más antiguo de Pamplona: La Rochapea.

Su nombre inicial fue Jus la rocha, nombre de procedencia occitana y que significa bajo la roca por encontrarse bajo la torre que se levantaba en donde hoy está el Museo de Navarra y que era llamada Torre de la Roca, el pueblo lo vasconizó añadiendo el sufijo ea, “debajo de”, y quedó en el conocido de todos Rochapea, el pueblo, señor del lenguaje, ha dado un paso más y en la actualidad es extensamente conocido por la Rotxa.

Exceptuando el Casco viejo, este barrio es la zona más antigua de la ciudad, ya en el siglo XIII se hace referencia a él en un cantar, y no se sabe desde cuándo los hortelanos se asentaron a orillas del río para poder dar a las mesas los manjares que, de forma secular, esa vega dio a la ciudad amurallada. Famosas eran las huertas de Casa Tipula o de Ciriza, la de Uriz, la de Elizalde, las de los Huici, etc.

Más adelante las leyes militares regularon las zonas extramuros y se crearon los llamados “zonas o terrenos polémicos”, no permitiendo la vida más allá de las murallas a excepción de la Rotxa y la Magdalena, donde no se permitía rebasar los 10 metros de altura y donde solo se autorizaban construcciones de madera o fino ladrillo.

Con la demolición de las murallas y de la mayoría de los portales que cerraban la ciudad, la Rochapea experimentó un gran crecimiento, se empezaron a construir pequeñas viviendas, unifamiliares o de vecinos, sin ningún criterio urbanístico y pequeñas fábricas, se podría decir que fue el primer polígono industrial de Pamplona. Arazuri en su magna obra Pamplona calles y barrios hace un listado de las fábricas que en la primera mitad del XX funcionaban por esos lares y entre otras nombra estas: la de gas, la de levadura, la de jabones de Aldaz, la de botones de Castells, la de hielo y espumosos “Arancha” de Blanco Soraluce, la de palillos de Antuñano, la de palos de escoba de Seminario, la fundición de Sancena, la de charoles de Echamendi, la de ron de Matossi, los vinos de Taberna, la azucarera de Eugui, etc, etc. Cabría añadir Villa Miranda con sus flores, la de caucho frente a ella, la de frenos de Urra, la de cera del Prado, la serrería de Garaikoetxea y muchas más.

Volviendo a mi paseo diré que he entrado por Santa Engracia y nada me recuerda a la Rochapea de mi niñez, aun así mi memoria me ha pasado por la vista lo que había. Al pasar el puente si ibas a la izquierda llegabas al paseo de los Enamorados y te recibía la gran verja de la gran casa de los Echamendi, al lado su fábrica de charoles donde mi abuelo currelaba, si del puente tirabas a la derecha entrabas en la calle principal, la calle mayor de la Rotxa, la calle de Don Joaquín Beunza. Llamada desde tiempo inmemorial Camino viejo de la Rochapea, en 1931 fue llamada de García Castañón, sin darse cuenta los munícipes que ya había otra con ese nombre en el Ensanche, no arreglaron el entuerto hasta 1935 en que se le bautizó como calle de Santiago Ramón y Cajal, en el 36 se apeó sin rubor al docto navarro de Petilla de Aragón de su honor y se le dio el nombre de calle de la Rochapea por ser la principal del barrio, en 1937, por fin, se le dio el actual de Joaquín Beunza, en honor del hijo de hortelanos nacido en esa calle y que llegó a ser un prestigioso abogado y político local.

En ella vivían mis abuelos y en ella tengo muchas horas de juegos en lo que era un autentico parque temático de la aventura, todo estaba por descubrir, con mis primos y otros mocetes del barrio nos adentrábamos en terrenos prohibidos, en casas y huertas ajenas a ver si pillábamos ranas o lagartijas o peras o manzanas, ¿qué más daba?, todo era divertido, todos eran conocidos, la familia Cesar con su matriarca Manuela y un tractor oxidado que tenían en su huerta, la casa de Aldaz, donde vivían Fernando el guardia, auténtico elemento de amenaza por parte de mis padres ante cualquier desavenencia, y la señora Dora que ayudaba en casa a mi abuela, la familia Huici, con su inacabable huerta hasta el río, la tienda de chuches, pequeño ultramarinos de barrio…

Más adelante la calle tomaba un aspecto renovado con las casas que construyeron en los 60 y que enseguida dejaban paso a otro tramo con historia, estas casas llegaban hasta Bernardino Tirapu, allí empezaba de nuevo lo viejo, estaban las Carrocerías de Garcés, alias manosduras, y en seguida los corrales del gas, donde los toros esperaban su hora fatídica. La fábrica de gas cerró a final del XIX y el ayuntamiento a partir de 1899 decidió desencajonar allí los toros que procedían de Andalucía, Castilla o Extremadura, dejando los corrales del Sario para los toros de procedencia navarra. En 1943 se procedió a derribar las ruinas de la vieja fábrica y se construyeron los corrales que todos conocimos. A continuación la calle hacía una pequeña curva para llegar a Casa Plácido, centro de juego de bochas y rana, meriendas y chatos frente a la famosa Casa Sancena fundición heredera de la de Pinaqui, que daba forma a todos los hierros que la ciudad precisaba, al acabar la calle, de frente salimos al soto de las lavanderas donde miles de mujeres se ganaron la vida y se dejaron las manos y los riñones lavando la ropa de otros y cantando aquello de “Albañil de mi vida, cuánto te quiero, del andamio más alto, caigas al suelo”, corriente abajo pasamos el río por el puente de curtidores, puente mágico por donde cada noche del 6 al 14 de julio lo atraviesan seis sombras zahinas, o berrendas, o cárdenas pero con dos puñales cada una en la cabeza, que silenciosas corren tras los cabestros para llegar a pasar su última noche al abrigo de la muralla de Santo Domingo.

Y por Santo Domingo he subido para llegar de nuevo al Ensanche y regresar a mi cueva. Me queda tela rochapeana que cortar pero eso será otro día.

Que seáis felices.

Besos pa’ tos.

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