Mirada crítica a la televisión eclesial

Por Fabricio de Potestad Menéndez - Domingo, 2 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

mi profundo respeto por el cristianismo, humanismo que forma parte de mis raíces y de mi acervo cultural, no es óbice para que cuestione el proceder de su cadena de televisión, cuyas sectarias arengas contra la izquierda resultan tan frívolas que parecen fundamentarse en algo tan primario y pulsional como es la animadversión. En fin, recuerdo que nos vendieron de niños un catolicismo que venía a ser como una especie de escatología de diseño a lo Halloween, esto es, un conjunto de supersticiones no aptas para cardíacos, una religión obsesiva y necrófila que predicaba la muerte todos los días en un castellano exaltado, amonedado de metáforas, sentencias y temibles advertencias. Me refiero obviamente a la condenación y al castigo eterno. Lo cierto es que al final tanto cataclismo estraga y hastía. Y así le va al personal, obsesionado con Caronte y el inframundo de Hades. La religión, a fin de cuentas, especula con el ser y la nada, la muerte, el más allá, la resurrección, esas grandes palabras que tanto dieron que pensar a Ionesco, Ciorán, Beckett, Sartre y, sobre todo, a Unamuno. Y todo eso ciertamente vendía muy bien. Ahora, con un lenguaje mucho más falaz y sesgado, la televisión de los obispos, muy amiga del PP y muy poco cristiana, se dedica a hacer política con minúsculas. La cadena de la Iglesia católica, un capricho de Rouco Varela, vive de intimidarnos con el recrudecimiento del viejo nacionalcatolicismo español, que ya mueve enseñas entre los genoveses del PP. Hay, sin duda, una inflación sectaria en la retórica de sus programas estrellas, esto es, en las tertulias. Y lo hace con mucho oficio, que siempre sobrecoge más. Es la manera que tiene de acotar su terreno una religión cansada, que ve fantasmas en la barahúnda matutina de la democracia y, en especial, del socialismo. ¡Vade retro, Sánchez!

Es obvio que debería preocuparse más de difundir los valores cristianos que de hostigar a quienes no los comparten. Sin embargo, insiste en oponerse al socialismo y en satanizar a la izquierda en general, y, lo que es más grave aún, hacerlo de forma tramoyista. Lamentablemente, con su patética falta de pluralidad, pues apenas cabe la réplica, lo único que está logrando es desprestigiar a una institución, la Iglesia, que de suyo no anda muy sobrada de credibilidad. En fin, el ridículo en el que está incurriendo es mayúsculo, porque, por mucho que intente disimularlo, a dicha cadena televisiva el ideario cristiano se lo trae al pairo. Ni caridad, ni amor, ni respeto, ni nada de nada, tan sólo socarrón desprecio por quien no piensa como ella. Sin duda, la libertad de expresión le ampara, pero no la inmuniza para recibir las críticas oportunas. Sabido es que el morbo incrementa la audiencia, y, al parecer, los obispos han valorado la fidelidad de su público conservador por encima de cualquier exigencia moral. Tristemente sus presentadores dan una sensación de frivolidad y falta de credibilidad a sus tertulias que resultan penosas. Sus comunicadores estelares destilan a diario demasiada arbitrariedad que no es inocua en sus consecuencias, pues contribuyen a que muchos creyentes no se tomen en serio sus arengas políticas contra todo lo que no se acomoda a su paleolítica forma de pensar. Tras el acceso de los socialistas al gobierno, sus presentadores, con la ligereza que les caracteriza, han desatado una campaña de improperios y descalificaciones contra los jueces progresistas, socialistas y nacionalistas que no comparten su anquilosada ideología de derechas, que aún pone los pelos como escarpias. Lo cierto es que la televisión episcopal lleva demasiado tiempo descalificando a todo aquél que se muestra discrepante con la derecha, sin más interés que crear una escenografía belicista en la que el dialogo y el entendimiento sean imposibles. Sin embargo, la cosa no tendría la menor importancia si no fuese porque arrastra tras de sí no sólo a la extrema derecha, sino a muchos ciudadanos honrados, desinformados o simplemente manipulados por los muñidores de la discordia.

La Iglesia católica española, institución vertical que todavía muestra ciertos gestos inquisitoriales, parece ignorar el significado del diálogo, de la tolerancia y de la pluralidad. Y ahí sigue, hablando en sermón, con añejos latiguillos y fenecidos latines, se supone que para amedrentar. Y es que, al parecer, lo que preocupa a los obispos españoles no es la vida y la dignidad del ser humano, sino mantener su influencia sobre la familia, las costumbres, el gobierno y el sexo. La Conferencia Episcopal que, según creo, disfruta del 51% del accionariado de la cadena televisiva, tiene mucha vocación de poder temporal y ahí es donde logra sus plusvalías espirituales y monetarias. En fin, cuando esta Iglesia, la española, se mete en inquisiciones, inoculando en la sociedad el virus del descontento y de la repulsa al diferente, te improvisan en un santiamén una cruzada fuera de lugar y época. Y claro, uno que ya va viviendo del tedio de sus aciertos y de sus errores, intuye que cuando el mar de la historia comienza a devolver sus muertos es que todo vuelve a empezar. En cualquier caso, no podemos seguir viviendo dentro de una estampita ni dormirnos con la mística de las rogativas. ¿Quo vadis, Domine? Roman vado iterum crucifigi.

El autor es presidente del PSN-PSOE