La fuga navarra del Valle de los Caídos


Un reportaje de Fermín Pérez-Nievas. Fotografía cedidas - Domingo, 2 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

PAMPLONA. “Somos las ramas de los troncos que asesinaron”. Con esta frase, la comitiva encabezada por el que era alcalde de San Adrián, José Antonio Ruiz, se presentó delante del gerente de la Real Casa de Patrimonio Nacional para reclamar los restos de sus familiares que en marzo de 1959 habían sido levantados de cunetas y de fosas comunes (donde fueron asesinados) con el único objetivo de llenar un mausoleo para mayor gloria del dictador Franco. Este grupo de hijos de represaliados emprendieron una lucha en 1979 que cuarenta años después, resulta inimaginable y que ellos, con el único empuje de su coraje, consiguieron realizar cuando gobernaba UCD y España nacía a la Transición.

Aquellos 133 navarros que se extrajeron de las catacumbas del valle de los Caídos son los únicos que, de momento, han salido, si bien es cierto que de entre todos aquellos restos (cuya identidad se desconoce) aún se desconoce dónde acabaron los 52 de Valcaldera, asesinados la tarde del 23 de agosto de 1936.

Lo que en un principio era un tributo a Franco y en recuerdo a “la Cruzada por haber liberado a España de las hordas rojas”, a instancias de los monjes de la Abadía se transformó en un cementerio para los caídos en ambos bandos de la contienda, pese a que más de 12.400 personas de las 33.847 que yacen en ese camposanto son anónimas y la mayoría fusiladas en retaguardia. El 1 de abril de 1959, 20 años después de terminada la Guerra Civil, Franco inauguró el complejo funerario bajo palio y rodeado de cardenales, obispos y monjes. Ante una nutrida audiencia recordó que “la antiEspaña fue vencida y derrotada”.

OPERACIÓN RETORNO Para el que fuera alcalde de San Adrián, el socialista José Antonio Ruiz Amatria, recuperar los restos de su padre Cirilo Ruiz fusilado el 24 de julio de 1936 era una obsesión. Desde 1977 inició esta labor que denominó Operación Retorno y que tuvo que reconducir al encontrar las fosas y descubrir que sólo quedaban algunos huesos pero ningún cráneo. En abril de 1979 una carta de la Real casa de Patrimonio Nacional les certificó que el 29 de marzo de 1959 varias cajas fueron trasladadas desde una cuneta de San Adrián y depositadas en el primer piso de la capilla lateral derecha de la basílica. Entonces se creó una comisión integrada por varios vecinos navarros a cuyo frente se encontraba el propio José Antonio Ruiz y con él Claudio Gainza (Allo), Terencio Ruiz (Carcar), Fermín Íñigo (Azagra), Juan Segura, Fermín Arellano, Joaquín Igea (Corella), Félix del Río (Larraga), Jesús Biurrun (Los Arcos), Félix Valerio (Mendavia) y Joaquín María Riezu (Pamplona).

Tras numerosas gestiones, y no pocos problemas (como la exigencia de que se los llevaran en cajas metálicas e impermeables), consiguieron llegar a un acuerdo con el gobierno de UCD merced al apoyo del historiador Javier Tusell, entonces director de Patrimonio y dos autobuses de familiares se dirigieron en febrero de 1980 al Valle de Cuelgamuros. En total regresaron los restos de 133 personas (6 de Allo, 19 de Azagra, 27 de Corella, 1 de Larraga, 5 de Lodosa, 6 de Los Arcos, 2 de Mendavia, 52 de Pamplona, y 15 de San Adrián), bajo la promesa de que no hablarían con la prensa y además no quedó ningún documento ni registro en el panteón que verifique la exhumación de aquellos navarros. Estos 133 procedían de fosas de Aberin, Arandigoyen, Ayegui, Cadreita, Pamplona, Milagro, Murillo, Ribaforada y Tudela. Los restos se extrajeron sin que pudieran ser identificados y se enterraron teniendo en cuenta sólo la procedencia marcada en las paredes de las cajas por lo que no parece desmesurado pensar que se pudieran producir errores, que se unen a los que ya se cometieron cuando en 1959 se extrajeron sin ningún tipo de rigor de las fosas.

En febrero de 1980, se colocó una lápida sobre los restos recuperados en la que se puede leer: “Derramaron nuestra sangre por un ideal, que jamás vuelva este horror, que esto sirva de lección y sea resurrección de vida a la libertad”. En su discurso durante el acto, que contó con la presencia del histórico dirigente Ramón Rubial, Ruiz Amatria leyó un poema en el que recordaba que “aquí comenzó el calvario, en el viejo ayuntamiento, venció el odio a la razón, al honor el desenfreno, y doy fe a mi testimonio con los restos de estos muertos. Por ellos y por nosotros no clamo venganza al cielo, solo pido a la razón que todos nos conciencemos, para que no ocurra jamás estos crímenes sangrientos”.

Los homenajes se sucedieron en cada pueblo, Allo, Mendavia... pero 82 años después nadie sabe qué sucedió con los restos que desenterraron de Valcaldera, aquellos 52 cuerpos exhumados por dos veces y que parecen no poder descansar. Hace unos años se realizaron unos trabajos de excavación en el cementerio de Azagra, sin que tampoco dieran resultado. Pese a todo, el director del Instituto Navarro de la Memoria, Josemi Gastón, aseguró que Valcaldera tendrá un fondo específico en aras a tratar de averiguar que sucedió en aquel corral y dónde están los cuerpos.

ESTADO DE LOS RESTOS El informe realizado por médicos forenses para el Ministerio de Justicia en febrero de 2011, titulado Viabilidad de identificación en el enterramiento del Valle de los Caídos, es claro y contundente al asegurar que “la identificación individual de los restos óseos depositados en las criptas y/o capillas queda casi imposibilitada dado el estado de los columbarios observados y el esparcimiento de los restos por las criptas y capillas”. Por este motivo parece evidente que en aquel febrero de 1980 los restos no fueron sometidos a ningún tipo de análisis.

El documento asegura que en marzo de 1959 nadie abrió las cajas al llegar a su destino en las capillas del Valle de los Caídos para confirmar lo que había en su interior y teniendo en cuenta que se exhumaron en pocos días decenas de fosas y se apilaron sus restos en cajas con capacidad para hasta 15 cuerpos, nada hace pensar que no fueron alterados en los lugares de procedencia. El análisis de los médicos forenses reflejan un interior del panteón prácticamente apocalíptico, convertido en un entramado casi laberíntico de capillas, criptas y columbarios donde los restos aparecen esparcidos por el suelo y las cajas rotas, aplastadas y afectadas por la humedad.

Las conclusiones señalan incluso que no se puede conocer cuántos muertos hay enterrados ya que “la posibilidad de conocer el número de restos óseos es muy limitado”. A esto hay que añadir otras limitaciones como “correlacionar los columbarios con los libros de registro”, “identificación individual dado que se ha producido mezcla de diferentes restos óseos además de separación de restos óseos de un mismo individuo en diferentes lugares”.

LAS CIFRAS En el caso de Navarra existen hasta cuatro cifras distintas. Si el listado enviado por el Gobierno Civil el 17 de enero de 1959 habla de 249 cuerpos (8 de ellos identificados), las fichas de entrada en el registro del Patronato de la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos (21 de marzo de 1959) citan 81 cuerpos, de los que 7 llegan identificados. A estos dos cálculos hay que unir otros dos, el que ofrece el Ministerio de Justicia (en base a ese mismo registro) y el de la doctora Queralt Solé iBarjau en Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea. El primero cifra en 149 navarros (8 identificados) los que están en el mausoleo, la segunda apunta que llegaron 144 cuerpos de Navarra, de los que 7 estaban identificados.

De las 33.847 personas cuyos restos se enterraron en el Valle de los Caídos, más de 12.400 son anónimas, en su mayoría fusiladas. Si bien es posible que el dictador salga finalmente no sucederá lo mismo con los restos de Primo de Rivera ya que “es una víctima de la contienda y su presencia está justificada”. Por lo tanto permanecerá en el mausoleo creado para satisfacer la megalomanía del dictador. El 1 de abril de 1940 el BOE publicaba la idea inicial de Franco. Dada “la trascendencia que ha tenido esta epopeya, no pueden quedar perpetuados por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos. Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en quien las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor. Un digno marco para que reposen los héroes y mártires de la Cruzada”.

En el año 2011 el informe encargado cifraba en 14,5 millones de euros el coste necesario para su restauración pero aún se desconoce cuál puede ser el destino final de esta construcción anacrónica y caduca. Las posiciones cambiantes del Gobierno de Sánchez no contribuyen a adivinar su futuro.

restos identificados

- Ciriaco García Pacheco. Nacido en Gállegos de Argañan (Salamanca), el 4 de agosto de 1918, hijo de Jesús y María y muerto en la guerra el 19 de diciembre de 1936 y enterrado el 18 de junio de 1937. Extraído del cementerio municipal de Pamplona, línea 37, fosa 1.

- Emilio Hernández Cañas. Nacido en Santiago de la Puebla (Salamanca) el 30 de enero de 1917 hijo de Andrés y María, de oficio obrero, muerto en la guerra el 30 de julio de 1938 enterrado el 1 de septiembre de 1938. Extraído del cementerio municipal de Pamplona, línea 29, fosa 3.

- Jesús Hernández Pacheco. Nacido en Villarín (Oviedo) murió en la guerra el 5 de julio de 1938,

siendo enterrado un día más tarde sin que se tengan más datos de él.

-Pascual Piorno Luis. Nacido en Villanueva de los corchos (Zamora) el 26 de agosto de 1917, hijo de Timoteo y Hanita, labrador de profesión, murió en la guerra el 14 de enero de 1938, siendo enterrado el 15 de junio de 1938.

- Mariano Sanz Martínez. Nacido en Tetuán y muerto en la guerra el 19 de diciembre de 1937 siendo enterrado dos días más tarde. Extraído del cementerio municipal de Pamplona, línea 9, fosa 1.

- Elías Marchite Jiménez. Nació en Ribaforada el 20 de julio de 1913. Recién cumplidos los 23 años se marchó al frente enrolado en el ejército de Franco. Hijo de agricultores, Faustino y Flora, eran una familia modesta que en diciembre de 1936 recibieron el cuerpo de su hijo, muerto en el frente cerca de Bergara “en defensa de la patria”, siendo enterrado el 19 de diciembre. Veintitrés años después, el 17 de marzo de 1959, sus padres dieron autorización al Gobierno Civil para que se llevaran sus restos al Valle de los Caídos. Extraído de una sepultura individual del cementerio municipal de Ribaforada.

- Nicolás Pérez García. Murió con 21 años en el frente de Valencia luchando contra los republicanos el 13 de agosto de 1938. Nicolás había nacido en una familia de jornaleros el 10 de septiembre de 1916 en Barca (Soria), un pueblo de menos de 100 habitantes. Fue enterrado con otros tres jóvenes en el cementerio de Tudela, apenas tres días después de fallecer, en la sepultura 2 de la fila 1.

- José Martínez Cid. Siendo éste el registro que obra en los archivos de la abadía, los datos son diferentes a los que ofrece el Ministerio de Justicia en su página web sobre la memoria histórica. Para el Estado en el Valle de los Caídos se encuentra también el vecino de Murieta José Martínez Cid que no aparece en ningún otro listado y del que no se ofrece ningún tipo de dato más.