Las mujeres del balonmano en Villava

aniversario | la sección femenina del beti onak celebra este año sus 50 años, sus bodas de oro

Beatriz Equísoain Iraizoz / Unai Beroiz - Lunes, 3 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

villava-atarrabia - Algunas se conocen de vista, otras han compartido vestuario e incluso hay quienes han sido entrenadora y pupila. No es de extrañar. Villava-Atarrabia es sinónimo de balonmano, en sus instalaciones -y también en sus calles y sus plazas, donde buenamente se podía- se ha respirado y practicado este deporte desde hace décadas. Y, ahora, está además de cumpleaños. Un aniversario muy especial. La sección femenina de balonmano del Beti Onak, club deportivo con más solera de esta localidad, celebra sus bodas de oro. 50 años desde que se inscribiera, en la campaña 1968-1969, como nuevo equipo federado en el Trofeo Sección Femenina, hasta esa fecha integrado sobre todo por conjuntos de facultades y colegios mayores de la Universidad de Navarra: Farmacia, Goimendi, Filosofía y Letras, Eneff, Sagrado Corazón y Goroabe.

A lo largo de estas cinco décadas, cientos de jugadoras han engrosado las filas del Beti Onak. Para una ocasión tan especial, este periódico ha reunido a seis de ellas: Blanqui Donazar, de 67 años y una de las máximas precursoras de aquel primer equipo en el año 1968;Mertxe Ripoll, de 55, jugadora en los años 70;Marta Olóriz, de 48, central en los 80, principalmente;Edurne Ansoáin, de 41, integrante en los 90;Natalia Galbán, de 33 años, que decidió colgar las zapatillas hace un par de años;y Laura Sanz, de 25, de la actual plantilla.

Ellas son testigos y protagonistas del balonmano femenino en Villava-Atarrabia que, con toda seguridad, tiene a Naiara Egozkue como máxima exponente de este deporte y que, precisamente, dio sus primeros pasos en el Beti Onak. Un club que en la temporada 1969-1970 tomó parte por primera vez en el Campeonato Provincial;que desapareció a principios de los 70, como el Guadiana, para resurgir a finales de esa década;que fue campeón juvenil en las Ligas 1986-1987, 1987-1988 y 1988-1989;que logró el hito del ascenso a Primera ese mismo curso, un éxito que repetiría en 1997, quedándose en la categoría (ahora División de Honor Plata) hasta la actualidad. Y que vivió dos fases de ascenso a la máxima competición en las temporadas 2013-2014 y 2015-206.

Muchos de estos datos y una historia más exhaustiva se pueden encontrar en las páginas dedicadas al balonmano femenino en el libro que Luis María Echeverría escribió con motivo del 50º aniversario del Beti Onak -donde, además, se pueden ver las cuatro fotos cedidas para este reportaje-. En estas líneas, los recuerdos y vivencias de estas seis mujeres que han escrito y escriben parte de la historia de este deporte en la villa:

temporada 1968-1969

Blanqui Donazar, de las pioneras

Su empeño fue determinante para que el Beti Onak tuviese un equipo femenino. A Blanqui Donazar le gustaba ver los partidos de chicos, pero no se conformaba. Quería jugar. Ella y otras chicas presionaron para que este sueño fuese realidad. “Nos gustaba el deporte. En aquellos tiempos, en Villava no había más que balonmano. Veíamos mucho, nos gustaba y no existía otra cosa, porque entonces la mujer apenas hacía deporte. Nos juntamos, hablamos con el Beti, les propusimos hacer un equipo femenino y nos dijeron que sí, pero no fueron pocas las dificultades”, recuerda.

Una de los principales escollos se tradujo en la falta de instalaciones. Los espacios, asegura, “eran para los hombres”. “Las mujeres no íbamos a quitarles”, dice. “Se entrenaba en el frontón Atarrabia, puesto que no había otra cosa. Los horarios eran para ellos y nosotras incluso, en alguna ocasión, llegamos a entrenar en un salón de las Dominicas. No pintábamos nada”, rememora.

Esta precursora se inició en el balonmano con 18 años, bastante más tarde de lo habitual ahora, y, aunque el deporte en sí le gustaba y entendía, “habilidades, lo que se dice, teníamos pocas”. “No empezamos muchas. No era fácil que hubiese mujeres que quisieran jugar. Recuerdo que la Liga era muy corta y luego se organizaba una especie de Copa para que aquello durase más”, explica. Blanqui Donazar, que pasó también por las filas de Anaitasuna, jugó de extremo hasta que se casó. Y se queda con un recuerdo muy claro: “Me gustaba el deporte y lo pude practicar. Al nivel que se podía, pero lo hice. Y en Villava. En nuestra época no se veía bien que una mujer jugase al balonmano pero a mí, particularmente, no me importaba”.

Años más tarde, cuando el Beti Onak femenino volvía a la actividad tras un parón forzoso por falta de integrantes, Mertxe Ripoll se enfundaba su camiseta. Esta catalana de nacimiento y adoptada en la villa cogió el balón en 1979, en un equipo con pocas jugadoras, que acabaron “viniendo de todos los lados. De Jesuitinas de la Txantrea o de Santa Catalina, de Pamplona”. Su primera entrenadora fue Marta Díez de Ulzurrun, que procedía de Anaitasuna. “Por entonces teníamos 15 o 16 años y ni idea de coger un balón”, asegura. Para Ripoll, un gran respaldo provino de la creación, a principios de los 80, del Patronato de Deportes de Villava-Atarrabia, que acabó ofertando balonmano femenino desde alevín. “¿Quiénes entrenaban a esas crías? Nosotras. Y a partir de ahí ya hubo un seguimiento”, recuerda. Los entrenamientos, en su época, ya se desarrollaban en el frontón Lorenzo Goikoa, “pero en cuanto a horarios y señalamientos de partidos, tenían prioridad los hombres”. “Al principio se nos daba poca importancia. Tuvimos muchos entrenadores. Hubo uno, Miguel David, que hasta nos organizaba torneos internacionales”, recuerda entre risas. Pero, sobre todo, se queda “con el ambiente que había, las cenas que se organizaban. Hoy en día tenemos incluso grupo de Whatsapp y nos juntamos, aunque cada una tenga ya su vida”.

por amor al arte

La transición hacia un equipo más “profesional”, sin serlo

Si hay un común denominador en la experiencia de estas mujeres dentro del balonmano es su implicación, su dedicación, su lucha particular según la época que les ha tocado vivir.

Marta Olóriz dio sus primeros pasos en las Dominicas -también estaba el equipo del Lorenzo Goikoa por entonces en Villava-Atarrabia- y de ahí dio el salto al Beti. En su retina las interminables jornadas, “ir a las 8 de la mañana a la universidad con la comida y el bolso de entrenar, y llegar a casa las 10 de la noche... Lo haces porque te gusta, te llena mucho”.

Olóriz era central y, aunque llegó a formar parte del equipo que ascendió a Primera, no guarda en su mente “ser consciente de ello”. “Antes no había tanta información como ahora. Yo me quedo con el recuerdo de disfrutar mucho jugando. De dar siempre el 100%, que es la esencia del balonmano”. Al comparar su experiencia con la de sus hijos, a quienes ha inculcado su pasión por este deporte, indica: “Antes te ponías en forma a base de jugar, era una burrada. Ahora se cuida más el cuerpo”. Y a su hija Elisa, de 15 años, le aconseja: “Le digo: el balonmano es superar a la otra, saber por dónde va a ir ella para tirar tú por el otro lado”.

Marta Olóriz jugó principalmente en los 80, y llegó a coincidir con Edurne Ansoáin, que formaba parte del equipo que, en 1997, ascendió de nuevo a la categoría de la que no se ha bajado desde entonces. Su entrenador era Jokin Elizari, un técnico que “nos empezó a motivar”. “Nuestras aspiraciones no eran de títulos pero acabamos jugando el ascenso en Villava. Era un domingo y estaba el frontón a reventar”. Una época que recordará bien, por el premio de pasar una semana en Canarias cuando fueron a jugar allí y “por el ambientazo que teníamos. Lo pasábamos genial. Entrenábamos casi a nivel profesional, aunque sin serlo. Nos dábamos buenas palizas con los viajes a Galicia y demás, pero nos encantaba. Estábamos muy contentas con todo ello”.

Esa transición de equipo amateur a semi-profesional lo ha vivido más de cerca Natalia Galbán. Empezó a jugar con 10 años, sobre todo por que en su cuadrilla se practicaba el balonmano y, tras pasar por las diversas categorías del club, acabó por capitanear un equipo que ha disputado sus únicas dos fases de ascenso a División de Honor. “He pasado de años en los que casi no había chicas para jugar a ver un equipo más profesional, sin llegar a serlo”. Su lucha fue diferente a la de sus predecesoras: “Con los chicos acabamos repartiéndonos los horarios de los partidos y también hemos peleado por las equipaciones. Antes te daban una camiseta de hombre e ibas volando por el extremo de lo ancha que era. Ahora hay tallas de chico y de chica”.

Galbán dejó el equipo en División de Honor Plata, donde está ahora y donde juega Laura Sanz, que empezó con apenas 8-9 años en el balonmano y es consciente de los pasos que se han logrado. “En el Beti Onak se nos valora mucho y se apuesta por nosotras. Hay mínimo dos equipos por categoría. Es más estable y hay muchas que se animan a jugar”, constata.

Y termina poniendo de relieve algo en lo que coinciden la mayoría. “Para mí el equipo es como una familia. Lo que más me gusta es la sensación con la gente, en la pista, poder celebrar cada gol con las compañeras. Animarnos unas a otras”.