El cerebro en la bragueta

Por Josu Iraeta - Lunes, 3 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

son muchos los años en que la violencia sexista es primer plano de actualidad, y si prestamos atención a cuanto se dice y vaticina al respecto, por numerosos “expertos”, pudiéramos erróneamente, llegar a la conclusión de que estamos próximos a su erradicación. Sinceramente, es una opinión que no comparto, y no lo hago ni en la forma como se plantea, ni en el método represivo con el que se pretende solucionar este grave problema social. El problema es grave sin duda, máxime si entendemos que la violencia sexista que llega al conocimiento de la sociedad tras la muerte de la víctima no es sino una mínima expresión de la violencia real vigente. Opino que tampoco es acertado afirmar que la violencia que nos ocupa tiene procedencia exterior, ya que, en mi opinión, esta violencia tiene raíces muy profundas y no poca conexión con las creencias y costumbres de nuestros antepasados.

Tampoco sería correcto afirmar que son nuestros antepasados la única vía de transmisión de la violencia sexista, como tampoco es admisible responsabilizar a culturas llegadas de otras latitudes porque sería falso. Aunque es cierto que esto no permite ocultar que, entre los llegados de otros países en los últimos años, hay individuos -y no pocos- cuyo irracional comportamiento supone un riesgo para muchas mujeres. Es una cuestión ante la que, con la mayor seriedad, pretendo aportar una reflexión sincera, absolutamente ajena al modus operandi institucional y con el ánimo de abrir un cauce a otras opiniones.

En la Euskal Herria de nuestros antepasados, la naturaleza era vital ya que la dependencia de la vida social comunitaria respecto al entorno era absoluta. El sol, el agua, el fuego, la luna, el granizo, tenían mucha trascendencia en aquella forma de vida. Tanto, que resultaba necesario buscar el control de aquellas fuerzas para obtener sus ventajas, como para evitar sus males. Son estos intentos de fomentar lo positivo y erradicar lo contrario con ritos y mitos, lo que con el tiempo adoptó forma de religión. La tierra, la luna, el cielo, el sol.

La religión de nuestros antepasados surge pues de la propia naturaleza, de modo que la práctica de estas creencias dejó profundas raíces en EH, desde el Neolítico hasta la Edad Media. En el siglo XVI puede decirse que el cristianismo había penetrado por todo EH, lo que supuso un cambio radical, pues, -además de otros muchos- el concepto cristiano de la propiedad privada de la tierra hizo que tomaran expresión las primeras diferencias económico-sociales. La Iglesia cristiana pronto combatió los ritos y mitos de la religión tradicional, acusando a sus practicantes de tener tratos con el diablo, de chupar la sangre a los niños, de fomentar las malas cosechas, etc. Lo cierto es que actuaron contra las creencias tradicionales y sus practicantes, de igual modo y manera que los romanos lo hicieran con los primeros cristianos en la Roma Imperial.

Poco a poco, estos conceptos nuevos fueron introduciéndose en la sociedad, de tal modo que el cristianismo fue adoptando algunas viejas creencias -solsticio de invierno-, otras las despreciaron como simple superstición, mientras las que contradecían directamente las creencias cristianas las anularon mediante prohibiciones y tabúes -el culto a la luna, los carnavales- etcétera. Es en este contexto donde debemos situar las brujas, la herejía y toda la represión que, desde la influencia de la Iglesia, hicieron suya los Estados español y francés, que defendían el catolicismo como única religión. Claro ejemplo lo tenemos en la decisión adoptada por las Cortes navarras en 1533, en la que, haciéndose eco de esta influencia, achacaba de la propagación de la brujería al abandono de las diócesis por el absentismo de sus obispos. Es en esta época la mujer objetivo de esta represión y no por casualidad. A la mujer se le asocia con el mundo mágico, con los malhechores. Para el cristianismo, la mujer es fuente de pecado, es por eso que la apartan de las responsabilidades de todos sus ritos y celebraciones, siendo varones todos sus miembros. En aquel tiempo la mujer no significa prácticamente nada. Sólo sirve para practicar la magia, la curandería y traer hijos al mundo. También es preciso subrayar que es falso que los ritos antiguos fueran todos contrarios al cristianismo, de hecho hubo sacerdotes inmersos en procesos inquisitoriales. Lo cierto es que, en las aldeas del mundo rural, muchos, incluso después de asistir a misa, se reunían en cuevas y cruces de caminos -sus lugares de siempre-, donde celebraban sus fiestas, en la que todos participaban. Lo contrario que en los ritos cristianos, en los que el único protagonista era el sacerdote, que además actuaba de espaldas a los concurrentes.

Fue la “clase dirigente” de la época, la que a través de la Iglesia fue conformando poco a poco, una estructura que sirviera para defender sus intereses, el resultado: la actual moral cristiana. Regularon toda clase de comportamiento, de manera que una vez más sirvió para acotar y enfrentar las viejas tradiciones con las creencias cristianas, consiguiendo así, que su práctica fuera “inmoral”. Es así como las creencias tradicionales pasaron a ser inmorales, relacionadas con lo sobrenatural, es decir, camino de convertirse en brujas y herejes. En línea generales, a la figura de la llamada “bruja” nos podemos aproximar desde dos puntos: la bruja como figura irreal, absolutamente subjetiva, y la bruja como figura real, adoptada así socialmente.

La primera es un viejo mito, invisible, irreal, símbolo de males y enfermedades. Por ser un espíritu incorpóreo se utilizaban toda clase de ritos para que las fuerzas benefactoras se impusieran. Conviene resaltar que la propia Iglesia se basaba en esta figura de “bruja” para haciéndola suya, compararla con el diablo de los cristianos. Volviendo a la “otra” bruja, la corpórea, debemos decir que fue esta mujer la que sufrió las consecuencias directas de la represión inducida por la Iglesia. Fueron torturadas y quemadas en la hoguera, siendo muchas veces consecuencia de la envidia y venganza de sus propios vecinos.

Entre estas mujeres-brujas, podemos a su vez, hacer dos grupos: en el primero, jóvenes y hermosas, las que -como he citado con anterioridad son símbolo de pecado-, ya que la belleza era una razón más para relacionarlas con el diablo. En el segundo, son mujeres mayores y muchas de ellas ancianas y viudas. Estas no suponían un peligro para el poder instituido, pero tenían un prestigio, pues eran solicitadas por sus conocimientos en la utilidad de hierbas y ungüentos para tratar toda clase de heridas y enfermedades.

Hay infinidad de casos para poder citar, y para ello no es necesario caminar en exceso. Sirva como ejemplo el de la joven y hermosa viuda María Endara, vecina de Etxalar, de la que el párroco consiguió pernoctara en su casa para rezar durante el peligro pecaminoso de la noche -en contra de su voluntad durante meses- hasta que quedó embarazada. Al final y gracias a la denuncia cómplice de la “serora” parroquial, que la acusó de brujería, el pastor de los cristianos consiguió su repugnante objetivo. ¿Cuántas víctimas como la hermosa María Endara? Tantas…

Recuperando lo afirmado en los primeros párrafos, no parece factible que las campañas institucionales culminen resolviendo la grave situación que se vive desde hace tiempo. Es cierto que las ayudas y protección que se ofrecen resultan positivas. Pero hasta ahí llegamos, no más. Al final, y por encima de objetivos de pura justicia, estas campañas -máxime en el verano vacacional- son tristemente recicladas y absorbidas, por la permanente “caza del voto”.

No será así como se resuelva el problema, sino con una formación adecuada que hoy es evidente no se da. En este sentido, parece extraño que hoy nadie recuerde las escuelas de hace no muchas décadas, en las que el castigo más riguroso para un niño. Consistía en mezclarlo en el aula de las niñas. Es ahí donde tenemos la única herramienta capaz de resolver el problema, la formación. Una formación adecuada, comenzando en las escuelas desde la infancia de niñas y niños. No soy ni quiero ser pesimista, pero sería un error enorme creer que lo que en la sociedad vasca hemos contemplado, con no poca indiferencia durante mucho-demasiado tiempo, lo vayamos a resolver con una cierta “agilidad”.

Créanme, la cabecera del artículo no es broma.

El autor es escritor

Secciones