Nabrawind concluye el izado de su primera torre de 160 metros

Alzado de la torre ayer en Eslava. De izquierda a derecha, Ion Arocena, Raquel Encinas, Ricardo Savio, Arantxa Esparza, Eneko Sanz, Javier Iriarte y Ana Cristina García, parte del equipo de Nabrawind ayer en Eslava. (Iñaki Porto)
Un operario supervisa el izado de la torre.
Alzado de la torre ayer en Eslava.

La empresa navarra culmina el montaje de su prototipo, que reduce el coste de los aerogeneradores, y espera firmar sus primeros contratos

Juan Ángel Monreal / Iñaki Porto - Martes, 4 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

pamplona - Entre bosques de pinos y sobre un antiguo pasto para caballos que ha sido alisado y cementado, la primera torre autoizable de Nabrawind va tomando altura muy lentamente entre los suaves montes que rodean Eslava. Sube apenas ocho metros por hora, de tal modo que el movimiento resulta casi inapreciable para el ojo humano. Pasan tres minutos del mediodía y parte del equipo de la pequeña empresa navarra que aspira a hacerse un hueco en el mercado eólico mundial se hace una fotografía. Ion Arocena, responsable del proyecto está feliz después de muchos meses de trabajo. “Que sepáis -dice a sus compañeros- que ahora mismo ya tenemos la torre de metal más alta del mundo”.

La torre es un gigante de 160 metros de altura. Y también un mecano, una celosía de tubos y tornillos que esconde años de trabajo y de cálculo a cargo del equipo de una pequeña ingeniería navarra, en la que trabajan 13 personas. La torre trata de solucionar algunos de los problemas que afronta el sector eólico a nivel mundial. “Cada vez se buscan molinos más altos para poder generar energía en emplazamientos menos propicios”, explica Eneko Sanz, uno de los promotores de la empresa. Construir torres que superen los 100 metros de altura generan además problemas logísticos importantes y, en el caso de las torres de hormigón, dispara los costes. “Puede suponer entre dos y tres semanas. Nosotros, cuando trabajemos en serie, podremos hacerlo en tres o cuatro días”, señala.

Tres grúas hidráulicas, con capacidad para levantar 500 toneladas cada una, son las encargadas de levantar la torre. En primer lugar se coloca el pirulí o torre principal, así como la conexión con la celosía sobre la que se alzará. Esta se divide en seis bloques. Mientras la grúa levanta la torre, se coloca el primero de ellos, que se desliza a través de unos raíles. Una vez unidos y atornillados, se pueden ir colocando los siguientes según el mismo proceso. La precisión es máxima y las grúas se alzan a la misma velocidad y manteniendo siempre la misma altura. “Como mucho, diez milímetros de diferencia”, dice Sanz.

El resultado es una estructura más ligera (450 toneladas frente a las 1.700 de una torre de hormigón), mucho más sencilla de transportar, lo que permite acceder a ubicaciones tan remotas como la de Eslava, y, sobre todo, más barata. “La carrera por abaratar las energías es una constante y yo nunca había trabajado en un proyecto que lo consiguiese de tal manera. Estamos hablando de entre un 15% y un 20% del coste de la torre, lo que supone casi un 10% del coste final del aerogenerador. Esto se traduce en cientos de miles de euros”, dice Ion Arocena. Un aerogenerador de tres megavatios puede acercarse a los tres millones de euros.

Un brindis con una copa de champagne a primera hora de la tarde sirvió para celebrar casi ocho meses de trabajo sobre el terreno -un invierno lluvioso retrasó las labores de cimentación para el prototipo- y también las buenas perspectivas comerciales. Todos los días acuden a Eslava clientes interesados en una solución “que puede interesar tanto a promotores como fabricantes”. La empresa se ha fijado como objetivo firmar los primeros contratos en los próximos meses y entregar entre tres y siete torres el próximo año, que estarían ya instaladas a finales de 2019 o comienzos de 2020. “Hay empresas interesas -explica Arocena- de China, Alemania o Canadá”.

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