Mesa de Redacción

Otra exageración judicial absurda

Por Joseba Santamaria - Miércoles, 5 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

no se trata, al menos en este caso, de defender a Willy Toledo. O no sólo de eso. Se trata de otra cosa. Willy Toledo puede gustar mucho, poco o nada, tanto en su faceta de actor como en sus apariciones públicas como provocador y agitador con intenciones políticas. Se trata de que un juez ha ordenado la detención de Toledo por negarse a comparecer ante una citación judicial como acto de protesta contra el actual desvarío de un Código Penal que castiga la libertad de opinión y de expresión. Lógico, le pasaría a la inmensa mayoría de los ciudadanos en una situación similar. Por supuesto, hay también excepciones en esto que confirman una vez más que la ley no es igual para todos. El problema no es sólo la orden de detención de ahora, sino el proceso judicial que tiene abierto Willy Toledo por cagarse en Dios y en la Virgen como acto de denuncia por un juicio a tres feministas por un supuesto delito contra la religión. La blasfemia siempre me ha parecido zafia, basta e inútil, porque dudo de que Dios se dé por aludido. Pero si el delito de blasfemia fue derogado en junio de 1988, hace ya 20 años, ¿por qué se admite la demanda contra él? Si los jueces españoles tuvieran que afrontar demandas contra los miles de ciudadanos, muchos católicos -para quienes en teoría debiera ser al menos pecado-, que cada día se expresan públicamente con las mismas palabras que Toledo se enfrentarían a un imposible. Desgraciadamente, forman parte del panorama diario cotidiano en todos los ámbitos de la sociedad. Es lo que hay y habido desde siempre y no tiene nada ver que con la ideología, formación, profesión, clase social, nivel cultural, personalidad o creencias de cada cual. Por ello, independientemente de cómo piense cada uno, de su adscripción política o fe religiosa, se trata de una nueva exageración judicial más que sitúa a la justicia ante un nuevo absurdo. En un estado laico y aconfesional real no tendría sentido imponer -y menos instrumentalizando la justicia-, supuestas verdades absolutas a fieles y gentiles, a creyentes, agnósticos y ateos y a todos los demás.