Música

Claviórgano

Por Teobaldos - Jueves, 6 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:02h.

concierto juan de la rubia

Intérpretes: Juan de la Rubia, claviórgano. Ciclo: 49 Semana de Música Antigua de Estella. Programa: obras de Antonio de Cabezón, de su hijo, Hernando de Cabezón;William Byrd y Jacques Arcadelt. Lugar: Iglesia del Crucifijo de Puente la Reina. Fecha: 4 de septiembre de 2018. Público: lleno (gratis con invitación).

Un maravilloso capricho para el oído. También un descubrimiento, una sorpresa y una novedad (antigua) en las programaciones de conciertos. Cuatro protagonistas que se aliaron para proporcionarnos una velada de esas que quedan en el recuerdo: el claviórgano, Cabezón, De la Rubia, y la sorprendente iglesia del Crucifijo, con sus dos naves que aportaron resonancia envolvente y mágica, amplificadora natural de un sonido que, por la característica del instrumento bicéfalo esta pensado para lo más íntimo y pequeño y es, meridianamente, puntillista y de sonido limpio. El claviórgano, que se presenta como un pulido bargueño, va descubriendo sus entrañas a medida que el organista titular de La Sagrada Familia lo maneja: sobre los dos teclados, una partitura electrónica (otra modernidad al servicio de lo antiguo;imaginen a Hernando, el hijo de Antonio de Cabezón, con artilugios para copias la música de su padre, ciego);un teclado es la espineta -totalmente extraíble-, de dimensiones y arpa mínimas, pero que se revelará muy eficaz;el otro es el órgano positivo, con muy discretos registros al costado, sin pedal, y con la posibilidad de enganchar ambos instrumentos;sobre el mueble, dos fuelles alimentados por motor, pero susceptibles de manejo manual. Los teclados también son pequeños;me refiero a que las teclas tienen menos dimensión que las convencionales, lo cual, por cierto, eleva, aún más, la extraordinaria categoría del organista, que debe redimensionar su técnica. De la Rubia -a quien hemos seguido en conciertos en 2011, 2014 y este año en la catedral- hace un Cabezón inconmensurable: por exactitud y limpieza en la pulsación de las notas;por el criterio de registración -tanto partido a cosa tan pequeña-, por la preciosista ejecución del adorno -adorno rico de virtuosismo, pero sin que se pierda el tema-. Antonio de Cabezón suena, así, en sus diferencias, o gallardas, o variaciones, o glosas, -como quiera que las llamemos-, más recogido (canto del caballero), más brillante (Crequillon), como trompetería, y una mano derecha afiladísima para ejecutar los adornos, que luego pasan a la izquierda -aún más pasmosa-, (pavana con su glosa);o como un flautado delicadísimo, con ese sonido a soplido de fondo, que hace a este instrumento tan íntimo y humano. El tiento de quinto tono, con un tutti espléndido, y la acústica: a la altura del gran órgano.

Pero se trataba, además, de que la joya de la tarde se luciera con todos sus colores. Así, después de apreciar el colorido entreverado del enganche de órgano y clave -(el comienzo, o la obra de Arcadelt)-;De la Rubia separa, en la canción de W. Byrd, los dos teclados: otra sonoridad nueva;y hace las Diferencias del Caballero, sólo con espineta: ahora ya en el mundo de la cuerda pulsada. Pero, lo que adquiere otra dimensión, es la especie de trampantojo, hacia la sonoridad de tiorba, que surge de la espineta, en la obra de Cabezón Ancor che col partire, al tocar, espineta y órgano, cada uno con temas separados;sorprendente. No deja de ser curioso, también, el manejo de los fuelles, sin motor. Se remonta uno a las tecnologías mecánicas, como los revivals de la trilla que se hacen en nuestros pueblos;todo tan manual y el grano sale tan limpio. Aquí, igual, unas simples planchas de hierro, y el ayudante, claro, y la presión se mantiene, y la tensión y limpieza del sonido, también. De la Rubia, pedagógico y entusiasta de su arte, terminó con una improvisación llena de sabiduría organística. Otro acierto de la semana estellesa.