Sueño con barrotes carcelarios

Por Susana Aragón Fernández - Martes, 11 de Septiembre de 2018 - Actualizado a las 06:01h.

Llega un día en que ya se terminaron las reuniones de trabajo, los proyectos agolpados en la cabeza, la agenda repleta de compromisos. Llega un día en que dejas de mirar más formación para añadir al currículum. Mis responsabilidades laborales terminaron y me volqué en mi vida personal, en mi familia y amigos, en aficiones siempre pospuestas: tocar la guitarra y coser.

Voy perdiendo facultades, no por dejadez, sino por ley de vida. Y aunque me lo reprochen o se molesten mis hijos y nietos, no oigo bien y de las conversaciones me voy enterando cada vez menos. Si pido que me repitan lo que acaban de decir, en vez de repetir vocalizando, lo hacen gritando y sigo sin enterarte de lo que han dicho. A la segunda, dejo de preguntar.

Tampoco tengo aquella vista de lince de siempre y ya hace años que llevo gafas, lo mismo para lejos que para cerca. Mi cuerpo se ha endurecido y mis movimientos se han ido haciendo menos ágiles. Aunque intento mantenerme en forma y hacer ejercicio, voy perdiendo fuerza y resistencia.

A lo largo de mi vida he ido tomando muchas decisiones, tanto en el trabajo como en la política aquellos años que me dediqué a ello, y, claro, también en la familia. Muchas personas me han pedido asesoramiento y consejo. Ahora cada vez menos.

La vida avanza bastante rápida y siento que es el momento de las pérdidas. No sólo las pérdidas corporales que decía antes, también las pérdidas de tanta gente querida que he ido despidiendo: mis abuelos, mis padres, mi hermano Óscar, mi cuñada Lina, nuestros amigos Miren y Pablo, la vecina del rellano Mª Ángeles, tantos amigos y conocidos…

Veo que poco a poco la sociedad me va poniendo en un nivel inferior, a ver si me explico. Voy al médico acompañada de mi hijo y el médico parece que se dirige más a él que a mí. Y en muchas ocasiones siento que con sus gestos me están diciendo “bah, ni caso, está chocheando, cosas de viejos”.

Ahora llevo un mes ingresada en un moderno, modernísimo hospital. Médicos y enfermeras son muy buenos y me siento muy atendida por ellos, con mucho cariño, sí. Pero hay un detalle que me está matando: no hay manillas en las ventanas. Ni en mi habitación ni en ninguna otra. “Tampoco en la cafetería”, me dijo mi nieta Edurne cuando subió de tomarse un café. Todas las ventanas están ahí, pero ninguna tiene una manilla. Y no estoy en un psiquiátrico, no, es un hospital normal y corriente, con gente de todas las edades y situaciones. Mi yerno Manu dice que ahora ésta es la tendencia, que en este hospital la ventilación es inteligente y que no hace falta abrir ventanas. Dice que también esto de las ventanas que no se pueden abrir libremente se está poniendo en muchos hoteles para evitar que la gente se tire por las ventanas.

Yo me voy a volver loca con este encierro. Llevo varios días soñando con unos barrotes carcelarios por los que pasa el aire. En el sueño son algo deseable. Toda mi vida al levantarme, lo primero que he hecho ha sido abrir la ventana, respirar el aire fresco de la mañana, invierno, verano y mi oración… todos los días. Ahora vivo una nueva pérdida: en esta habitación ya no tengo derecho al aire fresco en ningún momento del día. Tampoco puedo asomarme en los momentos de sol para sentir ese calorcito en la cara.

Si añadimos el tema de los olores…. qué decir cuando la pobre Amparo, vecina de habitación, vomitó, o los momentos que utilizamos el cuarto de baño y queda ese rastro en el ambiente con tantos olores corporales… entonces suspiro por un campo abierto, el aire entrando a ráfagas llevándoselo todo y trayendo el aroma de los árboles, el aroma de la lluvia en la tierra o el aroma de la noche.

Por muy inteligente que sea este edificio, todo esto que da tanta vida a la vida, se le escapa: los aromas, los sonidos, las sensaciones de frescor… Asomarse cuando llueve y mojarse un poco las manos. Escuchar los sonidos de los pájaros o de los niños que juegan en las cercanías. El calor del sol de mediodía. El viento que avisa de la tormenta…

Todo ello es salud, no sólo la temperatura. ¿Quién habrá tomado esta decisión de retirar las manillas de las ventanas? ¿Cómo pueden permitirlo las autoridades encargadas de velar por la salud de las personas? Quizá cuando les toque pasar por una experiencia así se darán cuenta de lo que están haciendo. Tarde o temprano a todos nos puede tocar un ingreso hospitalario.

Los sueños de los barrotes me han hecho decidirme y hoy he comentado mi calvario con Itziar, la enfermera tan maja de los rizos castaños. Ella me ha escuchado tranquila y ha conseguido una manilla, la manilla, y finalmente ha abierto la ventana como una concesión especial.